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12 febrero 2023

La ciencia en la literatura española

 



Claudia Lora Márquez y Gema Balaguer Alba (eds.).

La ciencia en la literatura española (siglos XVI-XIX).

Vol. Xxx. Studies on Romance Literatures and Cultures. Berlín, Bruselas, Lausana, Nueva York, Oxford, Peter Lang, 2022, 276 pp. 

ISBN: 978-3631872383.


Adrián Mantilla Esteban

Universitat Oberta de Catalunya



La obra La ciencia en la literatura española (siglos XVI-XIX), editada por Claudia Lora Márquez y Gema Balaguer Alba, se adentra en la fascinante intersección entre ciencia y literatura, desplegando un concienzudo análisis sobre cuatro siglos de literatura española. Este volumen, que consta de 276 páginas, explora cómo la literatura ha servido de escenario para la exploración, crítica y divulgación del conocimiento científico.

El libro se estructura en cuatro bloques temáticos, cada uno de los cuales aborda diferentes aspectos de la relación entre ciencia y literatura. La sección «Medicina y médicos en la literatura» (pp. 10-86) resulta de especial interés por su abordaje de las figuraciones literarias de esta profesión. El bloque comienza con el análisis de Christine Orobitg, «Para una poética del discurso científico: Analogía y saberes médicos en la temprana Edad Moderna» (pp. 21-48), donde se examina el uso de la analogía en la construcción y difusión del saber durante la temprana Edad Moderna. La autora apunta la interesante tesis de que, a diferencia de lo que ocurre actualmente, la analogía actuaba como generador de conocimiento, y no como mecanismo retórico y persuasivo. A continuación, Catalina García Posada Rodríguez, en «Entre la idea y la forma: Esencialidad del valor literario de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre (1587), de Olivia o Miguel Sabuco» (pp. 49-62), se propone esclarecer el debate existente sobre la autoría de la obra, atribuida alternativamente a Olivia o a su padre Miguel, desarticulando los argumentos que cuestionan la autoría de Olivia. Mónica María Martínez Sariego cierra este bloque con el interesante «Discurso médico y discurso literario sobre la clorosis en la cultura hispánica del naturalismo al modernismo» (pp. 63-86). En este trabajo se examina la representación de la clorosis, entidad nosológica que aparece descrita ya en tratados quinientistas (Johannes Lange, Medicinalium epistolarum miscellanea, 1554), pero que tuvo mayor presencia histórica y, por tanto, literaria en la segunda mitad del siglo XIX. Al aumentar el número de casos diagnosticados, se incrementó también el número de representaciones de la clorótica, que se convirtió en un tipo de la literatura finisecular, rastreado minuciosamente por la autora en textos líricos y narrativos –algunos muy poco conocidos– del Naturalismo y Modernismo hispánicos (Juan Antonio Argerich, Felipe Trigo, Rubén Darío y Leopoldo Lugones). Todas las ficciones abordadas presentan, además, la peculiaridad de servirse del caso clínico (etiología, diagnóstico y prognosis) como matriz narrativa, aspecto que permite a Martínez Sariego articular una atinada comparación entre las formas discursivas de la medicina y estos textos literarios.

El segundo bloque, «Aproximaciones literarias al cuerpo y a la mente Humana» (pp. 87-154), se inicia con el trabajo de Irene Rodríguez Cachón: «El ideal renacentista sobre la imagen corporal del caballero. Observaciones sobre la ‘demasiada gordura en las gentes’ de la Miscelánea de Zapata» (pp. 87-100), que aborda las preocupaciones renacentistas sobre el cuerpo y la imagen corporal. Se trata de un trabajo curioso, denotativo del renovado interés que surge en el Renacimiento por el cuerpo humano, concretamente del masculino, y por su apariencia, salud y bienestar físico. La preocupación del autor por la obesidad de los caballeros y cortesanos resulta muy actual. Nicolás M. Vivalda, en «Vicisitudes del comercio lechal en Día y Noche de Madrid (1663): Notas obstétricas sobre el cuerpo femenino y la lactancia en el urbe del siglo XVII» (pp. 101-120), y Folke Gernert, en «Entre medicina y poética: las pasiones en la Philosophia antigua poética de Alonso López Pinciano» (pp. 121-140), continúan explorando la interacción entre el bienestar físico y mental y su representación literaria. Aunque de detalle, es relevante la apreciación de Vivalda, para quien Santos, desde una óptica masculina, considera la procuración de hijos y leche materna, actividades en manos de parteras y nodrizas, como una amenaza social, en la medida que escapaban al control institucional. Es relevante también el modo en que Folke Genert examina el abordaje de las emociones en los textos de Scaligero y de López Pinciano, que fue médico, atendiendo a aspectos psicosomáticos y estableciendo las pertinentes comparaciones con Aristóteles y Tomás de Aquino. Julie Botteron cierra este bloque con «La enfermedad como síntoma de un desorden social: afecciones femeninas en la obra de Fernán Caballero» (pp. 141-154), donde examina cómo las enfermedades femeninas en las obras de Fernán Caballero funcionan como metáforas de desorden social y psicológico.

El tercer bloque, «Avances técnicos y reflexiones acerca del progreso científico» (pp. 155-216), ofrece una perspectiva miscelánea sobre la modernidad y la evolución de la ciencia, con énfasis en el impacto del avance tecnológico en la literatura. Incluye los trabajos «La legitimación de la alfarería a través del verso didascálico en el Siglo de Oro: Los cuatro libros de los inventores de las cosas por Juan de la Cueva» (pp. 155-170), de Fernando González Moreno y Alejandro Jaquero Esparcia, que abordan cómo Juan de la Cueva elabora una clasificación de las artes y artesanías que no se atiene a la tradicional jerarquía entre artes liberales y artesanías; «Utilidades literarias del telescopio en el siglo XVII» (pp. 171-184), de María Dolores González Rodríguez, que espiga las alusiones a este aparato en Quevedo, Luis Vélez de Guevara y Saavedra Fajardo; «Modernidad, espíritu novator, reforma teatral: el caso de Bances Cadamo, escritor límite», de Jesús Pérez-Magallón, que aporta ideas novedosas sobre el nacimiento de la modernidad en el contexto hispánico; y «Las ciencias y el progreso: Una mirada a su difusión en la prensa de provincias a finales del XVIII» (pp. 201-216), de María Román López, que estudia las manifestaciones del pensamiento político, cultural y económico en diarios de Valencia, Sevilla y Cádiz.

El cuarto bloque, titulado «Pulsiones antinómicas y opiniones encontradas en torno a la ciencia» (pp. 217-267), incluye los capítulos: «Figuraciones de la ciencia en los almanaques literarios españoles del siglo XVIII» (pp. 217-238), de Claudia Lora Márquez, que analiza innovadoramente los almanaques como vía de difusión de la filosofía aristotélico-tolemaica y, a su vez, como reflejo «jocoserio» de la sociedad de su tiempo; «Un intento fútil por desacreditar el cientifismo: Don Papis de Bobadilla de Rafael José de Crespo» (pp. 239-252), de Javier Muñoz de Morales Galiana, donde el autor demuestra, a través de pasajes extraídos de Don Papis, cómo la defensa de la religión articulada por Crespo no consigue imponerse sobre las verdades de la ciencia; y, por último, «De enfermedades y médicos: La sátira antigalénica en la obra de Ventura Ruiz Aguilera» (pp. 253-268), de Noelia López Souto, que se adentra en la nunca suficientemente explorada sátira contra la profesión médica. Globalmente considerados, estos tres capítulos reflejan las tensiones entre ciencia, religión y sociedad, así como la crítica a la práctica médica de la época.

La ciencia en la literatura española (siglos XVI-XIX) se erige, en definitiva, como un compendio esencial para entender cómo la literatura no solo ha reflejado el conocimiento científico de su tiempo, sino que también ha contribuido a su crítica y difusión. A través de sus catorce capítulos, el libro traza un recorrido que muestra la evolución del pensamiento científico y su interacción con la cultura literaria, revelando la profunda imbricación entre ciencia y literatura en el contexto español.

Desde el análisis de la poética del discurso científico hasta la sátira antigalénica, pasando por estudios sobre la representación del cuerpo, la enfermedad, los avances técnicos y el progreso científico, esta obra proporciona una panorámica rica y variada. Claudia Lora Márquez y Gema Balaguer Alba, a través de esta compilación de capítulos, invitan a los lectores a reflexionar sobre cómo la literatura española ha sido un vehículo para la expresión y el cuestionamiento del saber científico, ofreciendo nuevas perspectivas sobre la relación entre las humanidades y las ciencias. Resultaría de interés una lectura en paralelo con el volumen, también colectivo, Hacia una interpretación de la literatura a través de las ciencias desde la Crítica de la razón literaria (2020), editado por Jesús G. Maestro, donde se incluyen algunos trabajos interdisciplinares de similar naturaleza.

En conclusión, la cuidadosa selección de temas y autores en La ciencia en la literatura española (siglos XVI-XIX) refleja la diversidad y riqueza de enfoques en el estudio de la ciencia a través de la literatura, lo que convierte este libro en lectura obligada para académicos, estudiantes y cualquier persona interesada en la intersección de ambas. Por su amplio espectro temático, el volumen constituye no solo un tributo a la riqueza de la literatura española y su relación con la ciencia, sino también un recordatorio del papel vital que desempeña la literatura en la interpretación y humanización del conocimiento científico a lo largo de la historia.


09 diciembre 2021

Sobre el futuro de la Teoría de la Literatura



Jesús G. Maestro
 
El futuro de la teoría de la literatura.
Una superación científica y filosófica de la posmodernidad y sus límites.
 
Madrid, Visor Libros, 2019, 256 pp.
ISBN 978-84-9895-216-2


Reseña de Sven Saberbein Guzmán




Jesús G. Maestro expone los criterios gnoseológicos (científicos y filosóficos) que el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura utiliza para el estudio crítico de la Literatura, establece el lugar de la Teoría de la Literatura como ciencia de acuerdo a la Teoría del Cierre Categorial de Gustavo Bueno y especifica cuidadosamente la terminología y los procedimientos metodológicos operatorios que la constituyen. A su vez, impugna las premisas teóricas posmodernas que han conducido a la crítica literaria actual por el camino del nihilismo y la pseudociencia, condenándola al servilismo ideológico gremial y político, situación a la que califica como hundimiento de la teoría literaria.

Maestro dedica el primer apartado del texto a señalar algunas razones por las que el tratamiento gnoseológico de los estudios literarios es actualmente una necesidad urgente. Explica que la debilidad del planteamiento epistemológico (criterio de oposición entre sujeto y objeto) ha derivado inevitablemente en reduccionismos (descriptivistas, teoreticistas y adecuacionistas) que resultan insuficientes e ineficaces para la labor teórica y crítica de la literatura, por no ser capaces de explicar dentro de su metodología la diferencia entre su contenido fenomenológico y su contenido conceptual; deficiencia que ha permitido la formalización de términos con referentes materiales inexistentes, como el inconsciente freudiano, y conceptos irreales como el «todo es texto» de Derrida. Frente a esta situación, Maestro presenta una teoría literaria basada en el planteamiento gnoseológico (criterio de conjugación entre materia y forma) y fundamentada en la teoría del conocimiento científico de Gustavo Bueno (Teoría del Cierre Categorial) que parte siempre de hechos materiales para argumentar toda preposición teórica y conceptual presentada.

 

[…] el Materialismo Filosófico pretende ser más eficaz y profundo que otras metodologías, no solo porque se enfrenta al examen de los materiales literarios de un modo crítico y dialéctico, y no retórico y cortés, sino porque sobre todo ofrece instrumentos de análisis de las disciplinas literarias mejor desarrollados y más precisos que los de otras corrientes alternativas, cuyos puntos de apoyo no son los materiales literarios, sino las ocurrencias fenomenológicas de tales o cuales intérpretes, autocalificados de modélicos o ideales, o de tales o cuales gremios autistas, o minorías imperialistas, que vierten sin cesar sobre la realidad de la literatura las secreciones de su psicologismo gregario e ideológico. La literatura no puede ni debe ser el vertedero de las ideologías. La literatura no puede interpretarse racionalmente, y aún menos científicamente, desde el psicologismo del yo (la egolatría de las impresiones personales) o desde la ideología del nosotros (el egoísmo colectivo de las presiones gremiales), sino que ha de ser interpretada y comprendida desde la realidad de los materiales literarios, los cuales exigen, para poder ser analizados con rigor y capacidad, una educación científica y sistemática.

 

Antes de desarrollar en profundidad los términos que constituyen la gnoseología como ontología de la ciencia y la Gnoseología de la Literatura en particular «como ciencia categorial destinada al conocimiento científico de los materiales literarios», el autor determina claramente conceptos como ciencia, teoría, filosofía, cultura, verdad, entre otros que serán de suma utilidad para la comprensión de las ideas desplegadas posteriormente. La precisión y el fundamento gnoseológico de las definiciones presentadas consigue desmitificar y dar luz respecto a términos que las teorías posmodernas suelen usar erróneamente y manipular hasta el hastío. Maestro dedica un trato especial a la idea de cultura para permitir al lector la observación de los contenidos y límites del término, y apuntar la larga lista de detrimentos que ha provocado en los ámbitos académicos.

Luego de este punto, Maestro presenta, de acuerdo con las ideas de Bueno, una periodización histórica de las ciencias en la que señala las concepciones de ciencia que se han ido gestando a través de la evolución de las practicas científicas, con el objeto de señalar y demostrar la influencia de los paradigmas de pensamiento imperantes en la estructuración de las teorías literarias en cada época.

 

 

Ontología y gnoseología de la literatura

 

El segundo apartado se centra en hacer comprensible, sin lugar a dudas, la distinción entre epistemología y gnoseología. Mientras que la epistemología es una teoría del conocimiento en general que se fundamenta en el criterio de oposición sujeto / objeto, la gnoseología es una teoría del conocimiento científico que se establece en el criterio de conjugación materia / forma. De modo que, entre las muchas diferencias metodológicas y conceptuales que tienen ambos procedimientos para enfrentar la realidad, existen dos que resultan definitivas. La epistemología nos remite a una ontología idealista cuyo concepto de ciencia está estructurado a partir de paradigmas culturales y sociológicos. Opuesta a la gnoseología, que remite a una ontología materialista, y que plantea el concepto de ciencia como una construcción operatoria de la realidad:

 

Una ciencia es una construcción objetiva y funcional, esto es, ontológica y operatoria, cuyo funcionamiento gnoseológico desborda siempre los fines instrumentales que la hicieron posible. Las Ciencias no representan un conocimiento, sin más —y aún menos una cultura—, sino que construyen una nueva realidad a partir de realidades preexistentes.

 

Maestro desarrolla ampliamente la ontología materialista aplicada a los materiales literarios en el texto Ontología de la Literatura. No obstante, apuntaremos aquí, en líneas generales, que la ontología materialista distingue tres géneros de materialidad: corpórea (M1), psicológica (M2) y conceptual (M3), las cuales, organizadas en symploké, constituyen la realidad formalizada gnoseológicamente (Mi) (mundo interpretado). De este modo, la aplicación del razonamiento ontológico materialista, en la materia literaria debidamente formalizada, permite identificar con suma claridad los tres géneros de materialidad estudiados gnoseológicamente: la materialidad literaria corpórea (M1), perceptible en los signos lingüísticos tanto orales como escritos; la materialidad literaria psicológica (M2), perceptible en los contenidos ficcionales y las emociones, capaces de suscitar en la experiencia fenomenológica de la lectura; y la materialidad literaria conceptual (M3), perceptible en las formas literarias formalizadas por la teoría literaria y en el sistema de ideas que pueden interpretarse mediante la crítica literaria.

En este sentido Maestro remarca una oposición absoluta con de las teorías literarias posmodernas, que son incapaces de registrar en su metodología los sistemas de ideas (M3) contenidos en los materiales literarios. Para Barthes, Derrida y Foucault la Literatura no puede ser más que escritura cargada de emociones (M2) incompresibles e inexplicables, que la mente humana solo es capaz de comunicar a través de metafísica, retórica e ideología, algo totalmente inaceptable para la teoría de Maestro, quién demuestra que la Literatura es inteligible y la interpretación literaria ha de usar conceptos operatorios capaces de identificar sistemas de ideas en las obras literarias.

 

El Materialismo Filosófico como teoría literaria estudia la realidad tal como está formalizada y construida poética, filológica y semiológicamente en términos literarios, es decir, interpreta la realidad de la Literatura, cuyo referente es ―no puede olvidarse― la realidad humana, y lo hace desde la organización filosófica de las Ideas, esto es, desde criterios racionales, lógicos y dialécticos. Por eso es completamente cierto y coherente afirmar que la literatura está hecha de realidades. Si no sucediera así, no sabríamos a qué se refiere una obra literaria, ni de qué nos habla, ni siquiera sabríamos decir cuáles son sus contenidos.

 

Esta estructura lógica materialista permite la construcción de una idea de ficción completamente innovadora, un tremendo paso en la evolución de los estudios literarios: ficción y realidad son conceptos conjugados, no dialécticos.

 

 

Espacio gnoseológico

 

Maestro continúa con la exposición del espacio gnoseológico de acuerdo con la Teoría del Cierre Categorial de Bueno y, a su vez, construye el Espacio Gnoseológico del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura. El espacio gnoseológico está compuesto por tres ejes: sintáctico, semántico y pragmático, cada uno de ellos articulado en tres figuras gnoseológicas.

El eje sintáctico está constituido por Términos, Relaciones y Operaciones. Los Términos son aquellas partes debidamente formalizadas y relacionadas que constituyen ontológicamente los materiales manipulados por una ciencia. En el caso de la teoría de la literatura son Términos las obras literarias, los signos lingüísticos usados en ellas, los conceptos de narrador, fábula, soneto, función narrativa, etc. Dado que los Términos están formalizados a partir de signos, Maestro presenta la idea materialista de signo como la materialidad conceptual (M3) que remite a un referente físico (M1) y que puede implicar (o no) determinados contenidos psicológicos que el operador le atribuye (M2), permitiendo la identificación de los signos de acuerdo a su valor semiótico (operatorio), que pueden ser: idealistas, conceptuales o retóricos. Las Relaciones son las vinculaciones lógicas (formales y materiales) que se dan entre los términos de un campo categorial y que un sujeto gnoseológico puede identificar y manipular. Estas conexiones permiten sintetizar términos y construir nuevas figuras gnoseológicas, como teoremas, axiomas y teorías (construcciones proposicionales). Las Operaciones son las acciones ejecutadas por el sujeto gnoseológico que consisten en la manipulación de las relaciones entre términos mediante el proceso de progresus (partir del fenómeno y estructurarlo en conceptos e ideas) y regresus (a partir de esas ideas regresar al fenómeno y reconstruirlo) con el fin operatorio de construir nuevos términos de un campo categorial (construcciones objetuales), que pueden ser analíticas o sintéticas.

El eje semántico está constituido por Referentes, Fenómenos y Esencias o Estructuras. Los Referentes son los componentes corpóreos (M1) de un campo categorial. En el campo de la literatura hablaremos de signos lingüísticos, libros impresos, libros digitales, autores, obras, lectores, transductores, etc. Estos elementos son siempre materiales corpóreos operables formalizados en términos conceptuales, cualquier intento teórico de formalizar referentes sin existencia corpórea (como la «huella» derridiana) es un fraude, porque no se puede operar con elementos inexistentes. Los Fenómenos son los hechos, constituidos por referentes corpóreos, percibidos por el sujeto operatorio en un nivel sensible o subjetivo. Debe entenderse el término fenómeno según la perspectiva helénica: como percepción sensible (M2) de un hecho con características particulares y que puede racionalizarse en términos esenciales inteligibles (M3); no como lo entiende el idealismo kantiano, que presenta al fenómeno como manifestación material de una verdad inmaterial metafísica llamada noúmeno. Los fenómenos sensibles (M2) se presentan de modo que el sujeto ejecuta operaciones sobre ellos para establecer términos que los definen de forma inteligible (M3) (construcciones objetuales). A su vez, los fenómenos entendidos como términos son susceptibles de relaciones a partir de las cuales el sujeto gnoseológico puede construir conceptos operatorios (M3). En cuanto al campo de la Literatura, es fenoménico todo aquello presentado por la ficción y las experiencias psicológicas (M2) que éstas puedan evocar en el ejercicio de la lectura de un texto, y que a su vez pueden racionalizarse en la interpretación inteligible (M3) de sus esencias o estructuras, en el contexto de un ejercicio crítico. Las Esencias son las ideas y conceptos (M3) que forman parte del fenómeno y constituyen la racionalización inteligible de sus referentes corpóreos. Esta materia conceptual (M3) permite al sujeto gnoseológico manipular operatoriamente los fenómenos y referentes para reconstruir, transformar y explicar sus partes como identidades sintéticas, esto es, verdades categoriales (construcciones proposicionales), las cuales rebasan la percepción fenomenológica y psicológica de modo que se constituyen de forma independiente del sujeto gnoseológico, quien en un principio las ha operado o intervenido. En la Literatura, las esencias o estructuras son accesibles mediante el estudio teórico y crítico (M3) de los fenómenos literarios (M2).

El eje pragmático está constituido por los Autologismos, Dialogismos y Normas. Los Autologismos son las operaciones gnoseológicas ejecutadas a título personal, implican tanto funciones creativas como interpretativas, sensibles e inteligibles del sujeto gnoseológico en un campo de conocimiento científico. Los Dialogismos son operaciones creativas e interpretativas, sensibles e inteligibles, ejecutadas por un grupo humano o gremio con características particulares, que lo distinguen de otros grupos con los que interactúa dialécticamente dentro de un campo de conocimiento. Y las Normas constituyen un sistema de regulación lógico de las operaciones creativas e interpretativas, que se obtienen a partir del enfrentamiento dialéctico de las operaciones autológicas y dialógicas, y que constituyen las verdades categoriales asumidas en cada momento histórico, siempre en constante evolución. En los estudios literarios, las normas son la preceptiva canónica del ejercicio creativo e interpretativo de la Literatura.

 

 

Principios gnoseológicos en el conocimiento de la Literatura

 

En el tercer apartado Maestro desglosa la explicación del espacio gnoseológico de la literatura con insuperable cuidado, presentando el contenido de cada uno de los conceptos constituyen en conjunto el instrumental teórico con el que operará (material y formalmente) la crítica literaria del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura.

 

El espacio gnoseológico es, pues, el lugar que ha de ocupar la Literatura como objeto de interpretación de la Teoría de la Literatura. Diríamos, en suma, que es la sala de operaciones, el quirófano, de la Literatura (teniendo en cuenta que el científico es aquí un cirujano, no un forense, porque, como se ha dicho, la interpretación literaria no es una autopsia, desde el momento en que la Literatura no es un fósil ni el intérprete un arqueólogo: la Literatura es una materia viva, y el crítico un sujeto que vive en el mundo presente y está en contacto con las realidades materiales que le rodean y de las que él mismo forma parte).

 

 

Modos gnoseológicos del conocimiento de la literatura

 

En el cuarto apartado, Maestro da cuenta, según el pensamiento de Bueno, de los modos de conocimiento científico trascendentes ―Descriptivismo, Teoreticismo, Adecuacionismo y Circularismo― e inmanentes ―Definiciones, Clasificaciones, Demostraciones y Modelos―, para permitir al lector la comprensión del sistema usado por su teoría literaria. Maestro desarrolla cada uno de estos conceptos de acuerdo con su construcción histórica y su aplicación operatoria en la actualidad.

El Descriptivismo da completa importancia a la materia, desestimando a la forma. De este modo, el conocimiento resulta del descubrimiento de los «secretos» de la materia. Corresponden a este modo de conocimiento las teorías literarias que se enfocan solamente en el autor, como el positivismo histórico, el historicismo decimonónico, la psicocrítica, la mitocrítica, la poética de lo imaginario y la crítica biográfica. El Teoreticismo se enfoca en la forma, dejando de lado a la materia. Entiende que la verdad está en la forma de comprender la materia, sin importar la materia de que se trate. Las teorías literarias que corresponden a este modo de conocimiento son todos los formalismos que se concentran únicamente en el texto literario, como los Estructuralismos, Neoformalismos, la Escuela Morfológica Alemana, el Formalismo Ruso, el New Criticism y la Estilística. El Adecuacionismo asume tanto a la materia y a la forma como dimensiones que conforman la verdad científica, pero cada cual con una sustancia individual (hipóstasis). De modo que el conocimiento se origina en la yuxtaposición de estas dos realidades en la experiencia del sujeto. Pertenecen a este modo de conocimiento las teorías que toman al lector como fundamento definitivo de la interpretación literaria: es el caso de las estéticas de la recepción y la teoría de los polisistemas. El Circularismo entiende que la relación entre materia y forma como conceptos conjugados, codeterminados e inseparables, constituye la verdad científica y organiza los elementos de un campo categorial de modo circular, de manera que las consecuencias pueden ser, en su momento, causas, en un ciclo continuo de desarrollo del conocimiento. Es el modo de conocimiento con el que opera el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura que estudia los materiales literarios Autor, Obra, Lector y Transductor, sin excluir a ninguno de ellos.

Por su parte, los modos inmanentes de conocimiento se articulan en función de la estimación ontológica que se otorgue a la idea de materia y forma, de acuerdo con el modo trascendente de conocimiento utilizado. El Materialismo filosófico, como sistema gnoseológico vinculado a la ontología materialista con un modo de conocimiento circularista, emplea la siguiente terminología: Definiciones, Clasificaciones, Demostraciones y Modelos. Las Definiciones consisten en la construcción de términos a partir de términos. Es el modo en que la teoría literaria construye los términos que designan los referentes y fenómenos estudiados. Las Clasificaciones construyen términos a partir de relaciones, lo que permite distinguir conjuntos, tanto en las partes como en las totalidades: los Géneros Literarios son una forma de clasificación de las obras literarias. Las Demostraciones construyen relaciones a partir de relaciones. Es la forma de operar de la crítica literaria, que identifica vinculaciones gnoseológicas entre términos que a su vez mantienen relaciones sintéticas con sistemas de ideas objetivados en las operaciones del proceso crítico dialéctico. Por último, los Modelos construyen relaciones a partir de términos. La Literatura Comparada ejerce sus operaciones de este modo: los modelos son estatutos de comparación que, de manera dialéctica, organizan el valor de los términos de un campo categorial. El canon literario es la jerarquía más alta que un modelo pueda alcanzar.

 

 

Crítica de la Teoría de la Literatura

 

En el quinto apartado Maestro explica cómo se ha llevado a cabo la formalización de las múltiples teorías literarias y sus respectivos sistemas críticos a través de la historia, y distingue tres conjuntos: academicista o disciplinaria, epistemológica o poética y gnoseológica o científica. El criterio academicista estructura la crítica literaria en disciplinas cuyos saberes se construyen de forma aislada, sin respetar la symploké de sus materiales de estudio. El criterio epistemológico estructura la crítica literaria a partir de la conceptualización de sujeto y objeto que cada sistema teórico designe como óptima para sus pretensiones prácticas. De este modo, las relaciones sujeto / objeto serán inevitablemente fenomenológicas, ya que no podrán trascender a la percepción del operador. Es el caso de las teorías que se enfocan sólo en el principio mimético, o sólo en el autor, o sólo en el texto, o sólo en el lector, o sólo en el intérprete, y caen en falacias descriptivistas, teoreticistas o adecuacionistas. Finalmente, el criterio gnoseológico, usado por la teoría de Maestro, estructura la crítica literaria a partir de la ontología de sus materiales de estudio, de acuerdo a la ontología materialista compuesta por materialidad corpórea(M1), fenomenológica (M2) y conceptual (M3), explicadas con detalle en el segundo apartado del texto. Maestro explica también los tipos de reduccionismo ontológico que comenten los sistemas teoricoliterarios del presente.

 

 

Teoría de la Literatura y Teoría del Cierre Categorial

 

En el sexto a apartado, Maestro ubica el lugar de la Teoría Literaria materialista como ciencia categorial de acuerdo con la Teoría del Cierre categorial de Gustavo Bueno.

 

La Teoría del Cierre Categorial es la teoría de la ciencia que desarrolla de forma específica el Materialismo Filosófico como sistema de pensamiento. Se basa en una Gnoseología (conjugación de Forma y Materia), frente a una Epistemología (oposición Objeto / Sujeto), y se caracteriza por impugnar las clasificaciones dicotómicas o binarias de las Ciencias (Humanas / Naturales), por distinguir entre Metodologías α-operatorias (ausencia del sujeto en el campo categorial) y Metodologías β-operatorias (presencia del sujeto en el campo categorial), por desarrollar Procesos de Progresión (progressus) y Regresión (regressus) en las interpretaciones científicas, y por exigir la neutralización de los sujetos operatorios o gnoseológicos implicados en los procesos de investigación.

 

Maestro expone cada uno de estos puntos y su aplicación a los materiales literarios. De este modo consigue construir una Gnoseología de la Literatura estructurada sobre una ontología claramente delimitada (campo categorial), no es posible aquí dar cuenta adecuadamente de los múltiples procedimientos que despliega en la fundamentación gnoseológica de su teoría literaria como ciencia de la literatura. Sin embargo, apuntamos algunas pautas principales, que constituyen aportaciones sumamente importantes en el terreno metodológico y tecnológico para la interpretación precisa y científica de la materia que conocemos como Literatura.

Aclara Maestro, ante todo, la idea de Ciencia: «El fin de la Ciencia no es el conocimiento de la realidad, sino su construcción. Las ciencias son, antes que interpretaciones, construcciones, es decir, su dimensión, su naturaleza, su determinación, es categóricamente operatoria. Construyen y destruyen la realidad humana».

Explica el alcance del término Verdad: «Ha de quedar claro que la verdad, o es científica, esto es, categorial, o no es. Fuera de las ciencias o categorías, no hay verdad (episteme), sino opinión (doxa). Pero es que la verdad científica es una propiedad de la materia —de la materia interpretada o formalizada, es decir, intervenida, construida, operada y categorizada por las ciencias—».

Delimita la función operatoria de la filosofía: «Ha de quedar muy claro, además, que la Filosofía no es ni puede ser «la madre de las ciencias», porque las ciencias parten de la técnica y se basan en su sofisticación, es decir, en el desarrollo de una tecnología que construyen y desde la que se construyen». Esclarece que la Filosofía, como saber de segundo grado, opera con verdades construidas por las ciencias (saber de primer grado), sólo existe Filosofía de utilidad operatoria en la materia cuando existe previamente un conjunto de ciencias capaces de construir verdades confirmadas por hechos: cualquier filosofía que no opere con términos científicos no es más que imaginación y retórica. «Los verdaderos filósofos transforman la realidad humana, no la interpretan. Nos sobran intérpretes. Nos faltan operarios. Porque no basta tener razón: es necesario, es imprescindible, disponer de razón práctica, y no solo de razón teórica. Es indispensable ser capaz de imponer en la praxis la razón teórica que se dice, o se declara, tener».

Es importante mencionar, además del sistema, los conceptos propios de la teoría de Maestro. En esta obra , estudia de manera dialéctica algunas definiciones presentadas por distintas disciplinas y teorías literarias, seleccionando los elementos con capacidad operatoria y descartando los retóricos y sofísticos. De esta manera consigue plantear en toda regla el comienzo de una Ciencia de la Literatura, y de forma muy específica a la Teoría de la Literatura como una Ciencia Reconstructivista de clasificación gnoseológica Beta 1-1 operatoria y a la Crítica Literaria como una Ciencia Demostrativa Beta 1-2 operatoria.

En este punto, el lector entenderá, sin dificultad alguna, la Gnoseología de la Literatura, «como el sistema de procedimientos formales, conceptuales y lógicos, destinados a la interpretación científica o categorial (Teoría de la Literatura), y también crítica y dialéctica (Crítica de la Literatura), de los materiales literarios».

 

 

Coda gnoseológica: crítica a las ordalías del psicologismo

 

Maestro finaliza su exposición objetando con severidad al racimo de posturas críticas posmodernas, como la deconstrucción (nihilismo), la hermenéutica (dogmatismos), el psicoanálisis (metafísica) y las ideologías (intereses políticos y culturales) que se basan en el psicologismo para interpretar la realidad literaria como un hecho de conciencia. El argumento ontológico de tales corrientes de pensamiento, ciertamente primitivo, es la oposición dialéctica entre la sensibilidad y la razón, como si la razón fuera un escollo que evita al ser humano expresar su sensibilidad, y como si la «verdad» fuera accesible únicamente a través de la sensibilidad, idea completamente acrítica y carente de sustento real, instaurada por el romanticismo en el siglo XVIII. Maestro fundamenta gnoseológicamente las inconsistencias y barbaridades que cometen tales sistemas críticos. No obstante, distingue la función de la sensibilidad en el ejercicio interpretativo, ya que a partir de ella el sujeto gnoseológico puede operar con sistemas racionales de pensamiento que le permiten identificar de forma inteligible las ideas objetivadas en la realidad literaria. Sensibilidad y razón son conceptos conjugados. Para concluir, el autor hace un análisis del poema Desolación de la Quimera de Luis Cernuda, en el que el lector ve la aplicación y operatoriedad de los enunciados teóricos expuestos.

En resumen, este libro demuestra que el diseño y funcionamiento del sistema operativo de la teoría literaria de Maestro ofrece una tecnología metodológica e instrumental imposible de igualar por otros sistemas teóricos, y permite la aplicación concreta de los términos y conceptos de interpretación en explicaciones críticas de actualidad y sobre todo utilidad para el mundo en que vivimos.

 


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Ciencia y literatura



25 abril 2019

Sin errores: el ideal del hombre-máquina

 



Sin errores: el ideal del hombre-máquina

 

María Teresa Glez. Cortés

Escuela Hispánica de Estudios Literarios

 


Introducción

 

Es una enfermedad haber dejado de ser empírico.
Michel Onfray (2015), Cosmos, una ontología materialista.

 


Una de las causas que fomenta la crisis cultural en Occidente arranca de la creencia, bastante generalizada, de que el conocimiento no precisa justificar la verdad. Esta rareza ha permitido la reducción de los sistemas de control en los estudios de humanidades y no pocas veces la desaparición de los criterios de supervisión, corrección y refutación. Por otro lado, el auge de la posmodernidad ha acentuado el declive de las humanidades, pues esta corriente, que lo critica todo y sin excepción, sueña con retornar al momento exacto del punto cero de la civilización.

Lejos del interés y deseo de invertir tiempo en la comprobación de las teorías, muchos profesores reclaman para sí la verdad de sus hipótesis y desde el imperativo de tener la razón. Incluso llegan a transmitir a sus alumnos, ¡viva la utopía!, cualquier cosa por verdad. De este modo, las labores de investigación son sustituidas por la producción de teorías vistosas, epatantes… que juegan con pseudoacontecimientos o, si se quiere, con la extravagancia de bucear en una objetividad sin objetos. Un ejemplo lo tenemos en Sade, Fourier, Lozoya, una obrita en la que Roland Barthes confiesa: «a mí me seduce el sujeto del discurso, no el sujeto de la realidad», mientras que en La cámara lúcida Barthes reconoce que «mis historias son una forma de cerrar los ojos».

Con un enfoque así, aparece un inconveniente que percibió Platón (427-347 a. C.) ya en el diálogo Sofista: nunca accederemos al conocimiento de la mano de «quien, suprimiendo la ciencia, el pensamiento y el intelecto, pretende afirmar algo sea como fuere», decía aquel. Y peor. Entre referencias improbables, faltos de experiencias y carentes de una metodología fiable, estamos cerca de caer en el vacío que describió Louis Althusser: «mi universo de pensamiento está abolido. Ya no puedo pensar».

Y no solo eso. Hay personas que por estar inmersas en rutinas especulativas repudian el componente fáctico de la información y proponen, como hizo Heidegger, ir en busca del ser ultraoriginario y «previo» a todas las descripciones dadas. Y hay individuos dentro del mundo de la ciencia que se dedican, lejos de la táctica de ensayo y error de los primeros homínidos, a reforzar teorías falsas con resultados que valen nada, tal es el caso de Scott Reuben. Y también hay antiintelectuales que se preocupan por «el qué» de las cosas en contra de la viabilidad y consecuencias de sus conjeturas. Ante estas incongruencias qué hubiesen dicho, me pregunto, Tales de Mileto, Demócrito, Aristarco de Samos y otros fundadores de la filosofía y la ciencia.

A lo largo de estas páginas propondré reflexiones algo incómodas acerca de esos ideales del conocimiento que se fundan en el mito «cero-error». Lo recalco, pues con la moda de neutralizar al sujeto que piensa y su efecto, el rechazo a aquello que no encaja en lo que defendemos, va a resultar complicado hacer entender estas páginas, sobre todo si los humanistas, los filósofos y demás trabajadores de las ideas no desean entender porque su perspectiva intelectual y, por qué no decirlo abiertamente, su posición social y económica dependen de no entenderlo

 

 

1

Hambres de infinitud

 

La fantasía acerca a los sentidos lo eterno […]. Yo siento que es mi patria también el éter, el fervor, el brillo que os baña.

Hegel (1796), Eleusis.

 

 

La crítica al conocimiento «sin límites» es el tema que nos ocupa. Y lo digo a las claras tras observar cuán habitual es en el ámbito de las humanidades jugar con teorías que apelan a su carácter científico sin necesidad de aportar pruebas ni ofrecer un canon que esté definido por unos criterios metodológicos determinados. La cosa no es de ahora, viene de siglos atrás. Kant, p. e., inspirado por la física de Newton, intentó convertir la ética en ciencia pura. Fourier, al igual que Kant, consideró que sus análisis sociales eran válidos porque continuaban el patrón newtoniano. Comte, que se tomaba por científico acreditado, elaboraría su filosofía, entusiasmado por las posibilidades que según él proporcionaban los dictados de la razón científica. Marx en su sociología universal de la política utilizó el paradigma de la biología de Darwin como argumento de autoridad. ¿Y qué hay de sus adeptos, los marxistas? Estos, incluso a día de hoy, proclaman conocer en nombre de la ciencia los mecanismos que mueven el reloj de la Historia.

Podríamos poner otros ejemplos de cómo fascinan y levantan simpatías, dentro y fuera del teatro académico, esos intelectuales que afirman poseer respuestas ciertas por el solo hecho de mentar el término «ciencia». A día de hoy, p. e., hay sociólogos y grupos feministas que se enrocan en una visión «genetista» de la sociedad para exigir la infalibilidad de sus teorías y sortear los sistemas de control; y hay pedagogos que manipulan enfoques de neurología con la finalidad de «perpetuar» en las aulas sistemas didácticos fraudulentos, mientras escuelas de historiadores dicen beber de las fuentes de la economía ‘científica’ y ello con el propósito de asignar niveles «indiscutibles» de certeza a sus análisis.

El inconveniente de esta conducta radica en creer obtener un conocimiento cartesiano «100% riguroso» cuando simplemente lo que domina es ser ‘fiel’ a una teoría que un grupo de humanistas ha elaborado acríticamente desde el culto a la palabra y para sujeción de la colectividad. De ahí que todos ellos, pedagogos ‘neurólogos’, sociólogos ‘biólogos’ e historiadores ‘científicos’ acentúen los aciertos de sus enunciados. Y por pretender independizarse de la veritas como verdad justificada rechazan los beneficios que tienen los filtros metodológicos (inquisitivos, empíricos y lógicos) de revisión de teorías.

Y no solo eso. Tras colocar por encima del conocimiento la defensa y la aprobación de sus hipótesis, estos humanistas dan completo crédito a su modelo interpretativo. Y se comportan programáticamente igual que los teólogos de tiempos pasados. ¿Cómo? Presentando sus conjeturas en clave imperativa y como traducción exacta de lo que acontece en el mundo.

Y así pasa lo que pasa: que, sin criterios de supervisión, corrección y refutación, los cientificistas viven en un estado de impunidad-inmunidad y piensan que están libres de error. Y de control. Por cierto, esa misma ansia despótica de verdades irrefutables, esa misma inerrancia está presente en los estudios de humanidades que siguen la senda posmoderna. No se olvide que la posmodernidad, como vuelta al no ser, se funda en la fe mágica del renacer humano a partir de las ruinas del mundo actual. Y en tanto movimiento mileranista la posmodernidad llama a la liberación desde la destrucción. Por esta causa, los posmodernos «niegan» dogmáticamente todas las virtudes de la episteme contemporánea mientras «afirman» con el mismo dogmatismo la falta, en Occidente, de coherencia o de «hilos», que es lo que significa «nihilismo».

Se alza, entonces, una doble infalibilidad que con idéntico exceso de confianza golpea peligrosamente las paredes del conocimiento. Una infalibilidad, la cientificista, que es hiperconservadora y para cuyos valedores los enunciados carecen de límites, después de asignarles un estatus de evidencias inamovibles. Otra infalibilidad, de origen nihilista y de corte revolucionario, que en nombre de la inopia primitiva se impone la tarea de salvarnos de las mazmorras de la cultura occidental, de redimirnos de los garrotes de la objetividad. En ambos casos no existe, aseguran, más verdad que la suya.

Pero hay otro detalle a tener en cuenta. Cientificistas y posmodernos quieren convencernos de que tienen siempre razón. Y entre atajos y más atajos liberticidas, qué falta de originalidad, repiten los dogmas de los estoicos (ss. IV a. C-III d.C.). Recordemos que para estos físicos de la Antigüedad la objetividad era el supremo regulador de la realidad que, además de nunca envejecer, jamás dependía de los criterios humanos de racionalidad. Pues bien, posmodernos y cientificistas niegan, ¿sorprende?, la objetividad humana. Y al hacerlo sitúan los fundamentos del conocimiento en los arcanos de la ahistoria acogiéndose, como hicieron los estoicos, a la trascendencia o supratemporalidad de sus declaraciones, es decir, a la imposibilidad de someter sus teorías a control.

Ítem más. Al tratar de persuadirnos de que han encontrado el rostro inalterable de la ‘verdad’, cientificistas y posmodernos se erigen en profetas de lo predecible. Y al emplear certezas ‘atópicas’ e ‘intemporales’ simplifican hasta el esperpento el conocimiento de las cosas y, peor, desprecian los desaciertos de juicio y de percepción que mostramos en bastantes ocasiones.

Canonizado el canon, y no habiendo conceptos que dependan de ningún sujeto real, la irresponsabilidad aparece enaltecida. El filósofo escéptico Sexto Empírico ya razonaba en contra de estas extralimitaciones. Conviene conocer su opinión. Afirmaba Sexto Empírico que «si oponemos argumentos contra las apariencias, no lo hacemos deseando abolirlas, sino para mostrar la precipitación de los dogmáticos: pues si la razón es de tal modo engañosa que casi burla las apariencias que están ante nuestros ojos, ¿hasta qué punto no será preciso considerarla con suspicacia en el caso de los objetos no evidentes, a fin de no extraviarnos siguiéndola?» (Sexto Empírico c. 100 d. C.: lib. I 20).

Ergo, no se puede reivindicar la figura arcaica del tirano filósofo (o humanista) que pide, frente a los demás, permanecer fuera de control. Por otra parte, «mejor estar vagamente en lo cierto que exactamente equivocados» (Vidmaayer, 2015: XI). Es decir, de las palabras de Carveth Read, atribuidas por error a J. M. Keynes, deduzco que mantener unas dosis de desconfianza hacia los demás y, claro está, hacia uno mismo resulta necesario, ya que el dogmatismo anda lejos de ser la solución, sobre todo cuando lo que hace interesante al ser humano es su flexibilidad, es su resiliencia, su capacidad adaptativa para detectar fallos y asimilar datos empíricos, inclusive los que impugnan nuestros estudios.

 

 

2

La utopía del conocimiento absoluto

 

Los que exaltan tanto la incorruptibilidad, la inalterabilidad, etc. […] merecerían encontrarse con una cabeza de Medusa que los transmutase en estatuas de jaspe o de diamante para hacerlos más perfectos de lo que son.

Galileo Galilei (1632), Diálogo, jornada I.

 

Los idealismos son siempre utopías encubiertas. Y por ser metáforas de lo absoluto suelen provocar a su paso fuertes dosis de antiintelectualismo. De hecho, en el momento en que excluyen cualquier objeción, los idealismos solo necesitan reafirmarse, autoconfirmarse y emplear juicios de valor que apelan a una comunidad de seres humanos maquinalmente hermanados en una armonía que es impuesta por los controladores que no quieren ver controladas sus teorías.

En esta tesitura, ¿cómo salir del culto a unas narraciones que, se predican, están fuera del mundo y por encima de una casuística humana? Lo pregunto porque toda historia tiene su historia. Y no hay contenido sin continente. Y jamás pensamos sin un aquí y ahora, es decir, sin ponentes, oponentes ni componentes, sin conceptos particulares o fuera de circunstancias y relaciones singulares. Y, por otro lado, ¿cómo dar crédito a unas teorías que repudian el canon de los criterios académicos y que a la vez quieren ser el supracanon de la humanidad del presente-futuro?

Flaco favor se nos hace cuando maestros (y adeptos) de la utopía emplean operatoriamente categorías «blanco y negro» y matando la realidad reducen, vía realicidio, los pensamientos a una sucesión de inercias y tics. Y, frente a esos humanistas que justifican la necesidad de reflexionar sobre lo absoluto y desde el absoluto, opino que eso genera hambres totalitarias; que lo extremo por incontinente arrostra el sello de una ciencia despótica; que un pathos especulativo ilimitado conlleva tiranías; que nada (en) cierra el campo de visión, nada obstaculiza y violenta más la facultad de pensar que crear mapamundis desde la pretensión inalterable de tener toda la verdad de la verdad total.

Digámoslo claramente. Las cosas adquieren sentido porque, verdad de Perogrullo, fruto de nuestra relación (o falta de relación) con ellas, antes no lo tenían. Y si creemos que algo deja de tener razón de ser o sentido, volvemos no sin ciertas dificultades a humanizar con otro significado esa parte del mundo que nos ha causado preocupación o extrañeza. Quizás, en este trajinar se encuentre la fuente de las intrahistorias filosófico-científicas.

Además, ¿que lo impensable es lo que no se puede pensar? Hasta aquí hemos llegado y se acabó el asunto. Pero si lo ininteligible es aquello que no ha sido considerado con anterioridad, entonces ante nosotros se abre la posibilidad maravillosa de (re) conocer el medio circundante y disipar las incógnitas que rodean a los «enigmas», pues eso es lo que expresa la palabra «problema», amén de que no hay conocimiento que no venga acompañado de problemas particulares, envuelto en circunstancias específicas o rodeado de interrogantes concretos.

Sí, en torno al esfuerzo por desvanecer algunas nubes de oscuridad gira la aventura del saber. Y en relación con el mito solar de Platón (y su idea luminífera de un mundo sin penumbras) colijo que resulta poco viable edificar un conocimiento a partir de (la utopía de) la transparencia absoluta. Al fin y a la postre, mientras solucionamos un misterio emergen otros en el horizonte, igual que bajo el sol proyectamos sombras al caminar.

 

 

3

La totalidad es inhumana

 

La totalidad acaba, en cierto modo, por revelarse como un «fetiche», fetiche que sirve para que unas decisiones «arbitrarias» puedan aparentar que son conocimientos objetivos.

Hans Albert (1961), El mito de la razón.

 

Alejado de lo incondicional, Salvador E. Luria desmitificó la vida del investigador. Y este microbiólogo italiano certifica que «de los tres grandes descubrimientos que hice en mi vida, llegué al primero por una iluminación intelectual, al otro tras una genuina búsqueda metódica en el laboratorio, al tercero por puro azar. Luego, si los científicos fuéramos honestos con nosotros mismos tendríamos que admitir que en la base de nuestros descubrimientos existe un elemento lúdico, una imaginación liberada, una obcecación para sobreponerse a todos los fracasos» (Sols,1987: 33).

La sinceridad de Luria ofrece pistas interesantes: que conocer no equivale a estar minuciosamente al tanto de todo ya que dicha ocupación, ciclópea, es a todas luces imposible; y que conocer no consiste en carecer de limitaciones, pues, y expongo este dato como ejemplo, solo para procesar la información de las casi 100.000 fijaciones visuales que realizan nuestros ojos al día necesitaríamos un cerebro del tamaño de un año luz cúbico. No me atrevo a comentar qué volumen tendría ese cerebro gigantesco si además procesara las sensaciones auditivas, táctiles, gustativas, psicomotrices… de cada día.

Dependemos de entornos concretos para (sobre) vivir y razonar y, no obstante, dedicamos buena parte de nuestra energía intelectual a fijar absolutos hasta defender el relato antes que el dato y anteponer una teoría a las evidencias. Sin embargo, jamás percibiremos la enormidad polifacética y multifactorial del Universo. Y nunca aprehenderemos el todo. De hecho, nuestros órganos no están preparados para alcanzar / confirmar la totalidad de la verdad. En cambio, sí poseemos el don de contemplar -«contemplar» significa etimológicamente acotar, separar una parte de algo- aspectos precisos y concretos de la realidad.

De donde se deduce que caminamos entre las lindes de lo conocido y de lo que resta por descubrir. Y lo que sabemos, que es poco, junto a lo que desconocemos, que es mucho, es un muro de garantía, afortunadamente, para frenar los desmanes del dogmatismo. Es más, en la medida en que el conocimiento se basa en los lazos dialécticos entre lo que busco entender, lo que estudio, discuto... y lo que desconozco y no llego a aprender o ni siquiera entiendo, carece de sentido decidir el valor veritativo de una teoría por el gesto «totalizante» de amurallar mi equilibrio personal en la necesidad de tener certezas «absolutas».

Un inciso. En La felicidad de los pececillos (2007) nos contaba el sinólogo belga Pierre Ryckman alias Leys Simon la conversación que mantuvieron dos filósofos. Durante un paseo, al más joven se le ocurre lanzar este comentario a su maestro Hui Zi: «Mira cuán felices van los pececillos que se mueven ágiles y libres entre las aguas del río». Y Hui Zi, que era experto en lógica, le responde a su discípulo Zhuang Zi: «Si no eres un pez, ¿de dónde deduces que los peces son felices?» Saco a colación esta anécdota porque, por más empeño que pongan algunos, las teorías no pueden ir más allá de entornos materialmente concretos. Además, por el gesto de admitir, como hizo Hui Zi, la dinámica ‘finita’ del trabajo intelectual tenemos la oportunidad dichosa de volver a evaluar la actividad intelectual, que no es poca cosa.

¿Entonces cuál es el criterio que ha de regir en el conocimiento? «La respuesta es: examinamos críticamente nuestras hipótesis. Las criticamos a fin de poder encontrar errores, en la esperanza de eliminar los errores y así llegar más cerca de la verdad» (Popper, 1984: 62).

 

 

4

El conocimiento necesita las reglas del lógos

 

El hombre es capaz de rectificar sus errores por la discusión y por la experiencia. No solamente por la experiencia; es necesaria la discusión para mostrar cómo debe ser interpretada la experiencia.

John Stuart Mill (1859), Sobre la libertad.

 

Cuando algunos humanistas critican la objetividad y la definen ‘logocéntrica’ con tintes despectivos, lo que hacen ni más ni menos en despreciar los sistemas de control y, por tanto, los criterios de supervisión, corrección y refutación. Ahora bien, si no queremos que los estudios filosóficos, históricos y/o filológicos acaben convertidos en saberes precríticos, esto es, irracionales y oraculares, conviene no pasar por alto que las leyes científicas no son tales porque ellas contengan al modo estoico, o sea, a priori, rasgos de la razón cósmica. Las leyes científicas son válidas porque, antes de alcanzar rango de «ley», han tenido que franquear una serie de filtros: adquirir esqueleto verbal, ser justificadas en la experiencia y/o validadas por el armazón del razonamiento teórico. Y aprobadas por la comunidad científica.

Yendo un poco más lejos, diré que el conocimiento se funda sobre un tipo de narración, abierta y pública, socialmente aceptada por su grado de coherencia lingüística. (La expresión lógico-matemática remite también a la coherencia lingüística.) Esto implica que el conocimiento necesita del discurso para existir y ser divulgado. ¿Extraña que por medio de un logos semánticamente operativo busquemos resolver cuestiones, incluso aquellas que exceden lo lingüístico? No, pues «con la ayuda de las teorías físicas tratamos de encontrar nuestro camino por el laberinto de los hechos observados; ordenar y entender el mundo de nuestras sensaciones» (Einstein & Infeld, 1938: 221).

De forma indefectible precisamos del logos, de las reglas del lenguaje para pensar. Tan necesarias son dichas reglas que, en las relaciones entre literatura y conocimiento, no es factible un conocimiento sin vocabulario o un pensamiento sin enunciados sintácticos coherentes. Por este motivo, y sometido a la legislación lingüística de nuestro entendimiento, el conocimiento es a un tiempo «ratio» y «oratio», racionalidad y expresión verbal.

Y siendo que «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (Wittgenstein, 1914-1918: 5.6), que no los límites de el mundo, el uso del lenguaje no solo facilita la comunicación de conocimientos; no solo da la opción de discutir los fallos heurísticos e instrumentales que cometemos. El empleo del lenguaje brinda así mismo la ocasión de socializarnos. Y abrirnos a los campos intercomprensivos del conocimiento. Al fin y al cabo, en la búsqueda de la verdad emanamos sociabilidad, igual que necesitamos de los demás bien para corregir errores, nuestros o ajenos, bien para compartir, modificar y/o sustituir paradigmas del conocimiento.

Un último apunte. Leibniz tuvo la nada trivial ocurrencia de idear una sintaxis universal a través de cuyas normas lingüísticas todos y cada uno de nosotros pudiéramos (re) conocer la misma realidad. En su intento maquinal por crear una forma «única» de entender e interpretar el mundo, este autor subestimó las relaciones entre intuición y razón, y pasó por alto que al lenguaje suelen superponerse los actos ilocutivos, esto es, las intenciones, los planes y objetivos personales. Dicho con otras palabras. Leibniz olvidó que son las personas concretas quienes aportan a sus tradiciones y por la senda del lenguaje sus propias (pre) ocupaciones epistemológicas, tanto o más cuanto que «lo que constituye la vida del pensamiento es la interacción de personas con diferentes conocimientos y diferentes puntos de vista. El crecimiento de la razón es un proceso social basado en la existencia de tales diferencias» (Hayek, 1940-1943: 122).

 

 

5

Flujos de desconocimiento, nuevas incertidumbres

 

Los medios masivos aseguran la máxima socialización de la estupidez privada […]. La mala información desplaza a la buena porque la verdad cuesta cada vez más cara.

Régis Debray (1979), El poder intelectual en Francia.

 

Fue Peter F. Drucker el primero en pronosticar en 1959 la emergencia de una nueva capa social constituida por trabajadores de conocimiento. Diez años después este sociólogo volvería a rescatar la misma idea tras registrar el empuje de una ciudadanía que va en pos de las ventajas del conocimiento. ¡Hace más de 500 años se dijo lo mismo a raíz del descubrimiento de la imprenta!

Algunos pueden contraatacar y señalar el signo de desorden que domina en las áreas del conocimiento, vista la confusión que levanta la Babel de las redes sociales. Mas, no preocupa el ruido que provocan los mensajes masivos en los espacios virtuales. Inquietan la rapidez por tener razón y el cerrilismo ideológico asociado al uso colectivo de la información. Por cierto, Jean-Paul Sartre, el gran maestro de las consignas, se declaraba a favor de abandonar cualquier traza de independencia con tal de que pensáramos «en grupo», antes y mejor que «pensar por separado».

Del enredo sartriano concluyo que apoyar sectaria y colectivamente cualquier cosa impide analizar la verdad, amén de que esta no es (más) verdadera porque venga aplaudida por sinnúmero de fieles e-click. Lo apunto porque en el espacio de las humanidades se sigue despreciando el valor empírico de los resultados y la imparcialidad parece esfumarse a partir de la estrategia persuasiva de querer modificar la percepción de los demás. Y, por otro lado, y no es un asunto menor, con la divisa de atraer a millones de personas presentando narraciones impactantes, las revistas de divulgación, las prestigiosas también, se dedican a publicar microrrelatos (de 3 folios de extensión) en donde se subrayan, todavía más, las expectativas de dichas publicaciones.

Con lo cual, los nuevos discursos epistemológicos parecen imitar la táctica retórica de las redes sociales y solo funcionar como «ars loquendi», o sea, como fenómeno gramatical dirigido a llamar, captar y modificar nuestra atención. ¿Entonces? Entonces, sin precauciones ni revisiones crece la probabilidad de ser estafados. Lo digo porque a partir de la regla aleatoria del ‘todo vale’ es posible que acabemos defendiendo el principio pseudodemocrático de la igualdad epistemológica. ¿Pseudodemocrático? Por supuesto. Y es que con la «igualdad» epistemológica nos hundimos en los pozos del «igual da». Y, con el argumento de (la isostenia de) que todos los argumentos tienen la misma fuerza, la desinformación llega a convertirse en la neolengua de la industria cultural, industria que incluye a universidades, editoriales, prensa… Y redes sociales.

 

 

6

Hablemos «claro»

 

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!

Juan Ramón Jiménez (1916-1917), Eternidades.

 

Si en el proceso del conocimiento intervienen la búsqueda y justificación de la información, en el acto de socializar y comunicar el conocimiento se exige transitar por las rutas de la claridad lingüística. ¿De la claridad lingüística? No les extrañe que «como aquel Guillermo de Ockham me alce frente al fetichismo teórico de alto contenido especulativo y critique los modos literariamente nocturnos, retóricamente alambicados del intelectual 'filósofo'» (Glez. Cortés, 2016). Y del intelectual «científico». Lo subrayo porque el estilo literario, imprescindible en la elaboración de cualquier relato, forma parte esencial de la actividad cognoscitiva.

Resulta curioso que tendamos a dificultar lo sencillo, a enredar lo complicado y a entorpecer, en definitiva, la comprensión de los mensajes. Con estas estrategias, el arte de hacerse entender ya no existe, pues se opta por matar los bienes que derivan de la comprensión. ¿Cómo no ser afectados por esa «infoxicación» que genera la narración embrollada? ¿Cómo ganar flujos de información si la palabra se utiliza para soportar fardos de confusión, ganar capas de opacidad y conseguir adeptos?

En caso de aceptar la máxima de Jenófanes, muy optimista, por cierto, de que «los hombres, buscando, con el tiempo descubren lo mejor» (Jenófanes, c. ss. VI-V a. C., fr.: 18), no cabe duda de que precisamos de intelectuales (de la talla de Isaac Asimov, Dian Fossey, Margaret Cheney, Stephen J. Gould, Lewis Mumford, etc.) capaces de retirar las polvaredas de oscuridad que levanta la literatura científica ininteligible.

De ahí la importancia de que los filósofos se acerquen a la ciencia y abandonen los cubículos de su verbo narcisista y presuntuoso. De ahí, también, que los científicos -no hay ciencia que no descanse sobre tesis filosóficas- se lancen a un mundo compartido en el que sea (más) fácil entender. Y comunicar. Lo cual exige, por el bien de la comprensión, abandonar estilos literarios que, asentados en lo obscurum per obscurius, nos trasladan a laberintos y galimatías impidiendo la transmisión de conocimientos.

 

 

7

Los sesgos de confirmación

 

Salta a la vista que el nombre de ciencia no reviste ninguna evidencia por sí mismo.

Jean-Claude Milner (1989), Introducción a una ciencia del lenguaje.

 

Desde el siglo XIX el concepto de ideología ha sufrido revisiones. Asociada a la interpretación de la Realidad, de la ideología se predica su inoperancia epistemológica. Y, como la ‘opinión’ en tiempos de Platón, la ‘ideología’ representa hoy la caprichosa inobjetividad del ser humano. Sin embargo, no hay historiador ni científico que carezca de ideología, o literato o filósofo que sean neutrales en todo lo que hacen. ¡Menuda paradoja!

Somos seres humanos. Y la ideología es, como los juicios previos, un elemento esencial de nuestra humanidad y, por tanto, un factor que está presente en la elección y resolución de los problemas. Agréguese a esto que «es imposible que exista un intelectual apartado de los conflictos e intereses de su tiempo, igual que resulta impensable pedir a un científico que solo se ciña, cual eremita en un laboratorio, a los quehaceres científicos. Yo no reclamo al intelectual «átopos», contrafigura del intelectual «comprometido». En mi planteamiento no está el coaccionar a ningún intelectual a que habite fuera de las coordenadas espacio-temporales y sin contacto ni relación con ninguno de los sucesos de su época» (Glez. Cortés, 2016).

Dicho esto, ¿hay forma de conjugar estas afirmaciones con la búsqueda de una verdad no colectivista, no partidista? El quid de la cuestión no radica en si existe relación, que la doy por hecha, entre ideología y ciencia. El problema, gravísimo, radica en tomar la ideología como criterio único al servicio de una verdad autoritaria y fanática, se llame esta ‘posmodernidad’, ‘sociobiología’, ‘lysenkoísmo’… o la Rassenkunde del ‘rosenberguismo’.

Pongamos algún ejemplo. Que las investigaciones de Ignaz Philipp Semmelweis, divulgadas en Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal (1861), tuvieran que esperar el placet de la microbiología y la llegada de Pasteur, Koch, y Lister no sorprende. Lo preocupante fue cómo el hallazgo de Semmelweis fue torpedeado y frontalmente por los mismos médicos bajo el argumento de que las ideas de este doctor húngaro mermaban la autoridad de los galenos austríacos. Semmelweis que había descubierto una de las claves fundamentales de la alta mortalidad materna acabó expulsado del Hospital General de Viena, y, como el otrora Galileo, denunciado por sus propios colegas que, con tal de mantener en pie su paradigma de los miasmas, rechazaban las pruebas de la correlación entre «antisepsis» y «limpieza».

Nadie nos libra en algún momento de cumplir al pie de la letra los requisitos de ese «arancel de necedades» que formulara Mateo Alemán. Por eso, no llama la atención que el físico John Langdon Down escribiera sus Observaciones sobre una Clasificación Étnica de los Idiotas (1866) y utilizara –siempre hay racistas que emplean ideas peregrinas– el fenotipo «malayo»«caucásico»«etíope» y «mongol» para tipificar a los individuos con capacidades intelectuales inferiores, en promedio, a la normalidad. Ahora bien, extraña, eso sí, el carácter casi unánime de los miembros de la comunidad científica internacional que aceptaban, con doctrinas espurias y xenófobas, la inferioridad del pueblo mongol para personificar los síntomas de la subnormalidad.

Así que el problema no es que haya sujetos ideologizados, que siempre y en todas las épocas los ha habido. El problema estriba en el modo en que ciertas personas ponen en pie su propia tiranía ideológica y cómo dedican tiempo y esfuerzos a reforzar discursos autoritarios, cerrados y ensimismados hasta alimentar sesgos de confirmación, sabiendo que los sesgos de confirmación remiten al comportamiento de quienes por misoneísmo buscan corroborar sus ideas con la misma fuerza y convicción con que rechazan y niegan evidencias novedosas. Y, de resultas, prefieren la defensa de su teoría frente a otras fuentes de conocimiento.

Y hablo de discursos «autoritarios», «cerrados» y «ensimismados» porque el entusiasmo con que sobrevaloramos nuestros conocimientos está directamente relacionado con el sectarismo con que infravaloramos, sin conocer, los conocimientos ajenos. ¡¡¡Los riesgos de los sesgos de confirmación son un canto a la ceguera voluntaria!!! Y con la decisión, estúpida, de apartar aspectos que no encajan dentro de nuestra teoría obviamos el detalle, nada insustancial, de que «los hechos no dejan de existir porque se ignoren» (Huxley,1927: 205).

 

 

8

La desconfianza es un valor

 

Entonces, corrígeme si me equivoco,
si alguna vez te recrimino tu actitud
cuando todo te parece poco.

Juan José Carvajal (2015), Corrígeme si me equivoco.

 

Por la se­nda predicativa ­del lenguaje las personas vamos entre luces y sombras y a lo largo de la Historia tanteando la anatomía de la verdad. Y en el sentido jurídico, como hacían los antiguos romanos, añadiendo sucesivas novelas (o cambios narrativos) a nuestros discursos sobre las cosas (Glez. Cortés, 2018). ¿Esto significa entonces que en el ámbito del conocimiento vale cualquier relato? En absoluto.

Entiendo el oficio de conocer como actividad abierta. De ahí la gran utilidad que se desprende de vigilar y repasar los resultados conseguidos. De ahí, igualmente, el valor que deriva de recelar de las deducciones obtenidas. ¿Recelar? Sí, en tanto en cuanto no podemos ni debemos definir el conocimiento como un acto de fe.

Más aún. Por el hecho de que la paideia de la sospecha constituye una herramienta indispensable en las sociedades democráticas estamos sometidos a escrutinio y a examen. Y al exigir niveles de transparencia autorizamos a comprobar, desde el derecho a saber, en qué terrenos se investiga y cuáles han sido (o no) los medios y pasos empleados y qué seguridad existe, si la hay, para respaldar determinadas conclusiones.

Y es que por medio de la desconfianza apreciamos cuándo el trabajo de humanistas o científicos se ajusta a la metodología, cuándo su labor concuerda con los pronósticos de sus predicciones y…… cuándo crea estafas a su paso. Con lo contrario, es decir, con negar los beneficios que desprende la sospecha consentiríamos las conductas de quienes manipulan teorías. Y, peor, nos convertiríamos en verdaderos majaderos. A este respecto conviene recordar las investigaciones de A. Tatsioni, G. Bonitsis y de P. A. Ioannidis, en las que estos historiadores científicos destaparon cómo el 60% de los estudios realizados sobre la vitamina E en 2006 incorporaban datos erróneos sobre el betacaroteno, datos que trece años antes ya habían sido completamente refutados (Tatsioni et alii, 2007: 2517 ss.).

¿Conocer implica pereza o, en otros términos, transferir nuestra confianza a los demás sin nada a cambio o sin ciertos niveles de escepticismo o de precaución? Nada más lejos. Una muestra del elevadísimo valor que tiene revisar aparece en los trabajos de biología molecular de Margot O’Toole. Esta joven investigadora percibió discrepancias entre las notas de laboratorio y lo que publicaba sobre el tratamiento del SIDA su jefa Dr. Thereza Imanishi-Kari. O’Toole descubre en 1986 que lo que se había vertido en la prensa era falso. El asunto adquirió consecuencias indeseadas, pues en la publicación de Imanishi-Kari se mencionaba al Premio Nobel David Baltimore. Y el éxito social que rodeaba a unos investigadores parecía no ir de la mano del éxito de una supuesta teoría.

¿Cuánta confianza debemos depositar en nuestros conocimientos? Ante el impacto público de la noticia los directivos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) cortaban por lo sano. Y no solo hicieron oídos sordos a las conclusiones de la joven inmunóloga O’Toole, sino que descartaron sus denuncias antes de comprobarlas. Hubo, sin embargo, dos investigaciones federales separadas que concluyeron la existencia de fraude científico. Entretanto Margot O’Toole había perdido su trabajo en el MIT, asimismo su casa. Y temía que su marido también perdiera su trabajo por represalias contra ella. Diez años después, en 1996 un tribunal de apelación anuló los resultados de las investigaciones federales. Y el laureado Baltimore pedía disculpas a Margot O’Toole, pues en lugar de estudiar los detalles del descubrimiento, el Premio Nobel había definido a O’Toole como una persona desagradable, como becaria descontenta: «disgruntled postdoctoral fellow».

Ya sabemos que a los miembros que integran las corporaciones del conocimiento les resulta primordial alcanzar consensos, a veces ahogando disensos. ¿O acaso hemos olvidado la más que anécdota referida a Sir Isaac Newton, el cual, después de ser nombrado presidente en 1703 de la Royal Society, daba paso a científicos de poco genio y escaso talento, sin duda para no acabar enredado en indeseadas, para él, rivalidades intelectuales?

Está claro que los consensos corporativos carecen de validez en caso de no existir garantías de verdad, cosa que se produce cuando se rompe la cadena de supervisión, corrección y refutación en las fases del proceso del conocimiento, circunstancia que nos enseña lo que la propia O’Toole indicó: que «mi caso debería demostrarles que el proceso actual de resolver disputas de esta naturaleza simplemente no funciona, y esto es malo para la ciencia y para los científicos».

 

 

9

El peligro de los badulaques

 

Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí o incluso obteniendo un perjuicio.

Carlo M. Cipolla (1988), Allegro ma non troppo.

 

La mala praxis no es un suceso aislado en el mundo académico. Ahí están las ocasiones en que ciertos estudiosos falsifican datos con tal de demostrar que tienen la razón de su parte. Fue el caso de Scott Reuben, quien, antes ser destapado su escándalo en 2009, había dedicado años de su vida a difundir engaños muy eruditos. Este anestesiólogo norteamericano, amén de inventarse los datos de sus investigaciones, no llegó a realizar ninguno de los estudios clínicos sobre el dolor que decenas de revistas científicas mundialmente acreditadas divulgaba.

Si hay posibilidades de equivocarnos, incluso bajo sistemas de control, con la ausencia de los criterios de supervisión, corrección y refutación es lógico que aumente y exponencialmente el riesgo al error. De ahí que sea necesario exigir dosis de escepticismo para (re) frenar los excesos, vengan de la propia necedad, vengan del seguidismo que incitan las modas académicas o vengan de los engaños que se fraguan a la sombra y con premeditación no solo en el ámbito de las humanidades, como vengo denunciando, sino asimismo en el terreno de las ciencias, tal y como lo ha puesto de relieve de manera muy notable David H. Freedman después de examinar algunos de los timos científicos que se han producido en los últimos años (Freedman, 2010: 339 y ss.).

Badulaques los hay en todas las profesiones. También en la esfera de lo intelectual. Por eso, además del gremialismo y de su síndrome, el de la boca cerrada, síndrome que es idóneo para volverse ciego a las malas prácticas y no crearse problemas profesionales al denunciar irregularidades y anomalías que cometen los compañeros de trabajo, asusta la facilidad de apropiarse de los resultados de las investigaciones ajenas con tal de alcanzar poder, fama y dinero. George Westinghouse se benefició, y de qué manera, de los estudios sobre corriente alterna de Nikola Tesla; las imágenes del ADN que logró exitosamente Rosalind Franklin fueron sin su permiso y de forma ilegal utilizadas por Francis Crick y James Watson, los cuales, y gracias al trabajo robado a Rosalind Franklin, serían galardonados con el Premio Nobel. Y en estos momentos, no lo dejemos de lado, cualquier becado o cualquier científica que descubre algo de interés en un laboratorio sólo recibirá, en el mejor de los casos, el 17% de la patente de su invento.

¿Y qué sucede cuando se aspira a hurtar a la humanidad de los avances científicos? El 24 de junio de 2000 se presentaba el primer boceto del genoma humano. Francis Collins representaba al proyecto público internacional PGH, mientras que Craig Venter a la empresa privada PE Celera Genomics. Casi un año después «la empresa Celera se desmarcaba y publicaba, sola, la secuenciación del genoma en la revista Science. La sociedad científica que aglutinaba al sector público hacía lo mismo y editaba sus resultados en la revista Nature. ¿Qué había ocurrido? Las compañías privadas que trabajaron en el proyecto Genoma Humano no quisieron difundir en un principio el contenido de sus investigaciones. Luego, debido a la presión pública (política y ciudadana), dieron marcha atrás abandonando su empeño por privatizar la ciencia» (Glez. Cortés, 2007: 202).

Las aguas parecen haber tornado a su cauce, aunque ciertos grupos libran una batalla por monopolizar los fragmentos de ADN o genes. En cualquier caso, cuando se evaporan el debate y el intercambio de ideas, y la cultura es absorbida por el poder, solo queda espacio para el seguidismo, para intereses epistémicamente dudosos, cuando no, dolosos, por parte de quienes se autoexcluyen de (los criterios de) el mundo y en nombre de su libertad creativa sobrepasan los criterios de supervisión, corrección y refutación, y se inventan criterios invisibles, divagadores… con tal de convencernos de que les acompaña la razón.

Y todo esto nos conduce a dos pequeñas evidencias. Una, a que la desconfianza es un valor, en absoluto despreciable. Otra, a que el estudio de la objetividad no se desvincula de los usos de la comunidad académica que, con sus regulaciones sobre el control y con su falta, a veces, de precauciones, se encarga de ratificar.

Con lo cual, y finalizo este apartado, ¿por qué en la tarea de conocer dedicamos buena parte de nuestra energía intelectual a la custodia cuartelera de una teoría? Lo saco a colación ya que con el ascenso de los monopolios ideológicos y su otra cara, el gremialismo (con vocación jurisdiccional) de los intelectuales, se esfuman demasiadas oportunidades para lograr un conocimiento menos erróneo y quizás más exacto.

 

 

10

Me he equivocado

 

Habría que escuchar a menudo de los intelectuales algunas frases como estas: «Me he equivocado. Tenía usted razón. Tendré que volverlo a considerar». Ya verás qué poco frecuentes son estas expresiones en las conversaciones de los inteligentes.

Jean Guitton (1993), Cartas a un joven de este tiempo.

 

Quien estime que no demandamos cautela se equivoca de principio a fin. Negar la existencia de errores es cosa inútil. Y por cuatro razones. Primero, por el hecho de que nos equivocamos a menudo. No hay desdoro en anotar la falibilidad humana, enrocarse en lo contrario equivaldría a engordar nuestro ego hasta niveles despóticos. En segundo lugar, porque las personas que integran la comunidad del conocimiento son de igual forma propensas a cometer errores de percepción, de valoración, de lógica… incluso desde la buena fe.

En tercer lugar, porque la manera de retirar teorías y datos incorrectos es admitiendo que el error puede caminar a nuestro lado. Lo que nos lleva a este corolario: «no somos cátaros ni entes maquinales que caminan por los surcos de la pureza». Entonces, ¿por qué esa terca obstinación que nos mantiene, tras equivocarnos, en la necedad de no asumir nuestra (parte de) culpa? ¿Y de dónde arrancan tanto esfuerzo, tanto atrevimiento, tanto clasismo, tantos privilegios en pedir irresponsabilidad para el investigador? El éxito es nuestro. El error, también.

Y, en cuarto lugar, resulta improductivo negar la existencia de equivocaciones porque, pese a la inherente falta de credibilidad que estas despiertan, de los llanos del error arrancan no pocas veces la experiencia del (re) conocimiento y, por tanto, la chance de cambiar el tono y el contenido de (las tradiciones de) las teorías. Y es que, incapacitados para alcanzar una Verdad con mayúsculas –«lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano», declaraba Isaac Newton (Amate Pou, 2017: 117), solo nos queda, y eso es muchísimo, controlar el talante autoritario de las teorías. ¿Con qué fin? Con el fin de revisar los defectos de interpretación y de metodología que pueden aparecer en el proceso de cualquier investigación.

No obstante, y para complicar la cuestión, no existen vacunas contra la posibilidad de equivocarnos. Y, por más que ese sentimiento de inestabilidad angustie a los defensores del ideal «máquina», ni con las precauciones de saber que no tenemos toda la razón vamos a abandonar para siempre la posibilidad de toparnos con el error, propio o ajeno. De ahí el valor del escepticismo «organizado», necesario a mi juicio para detectar algunos de los riesgos de nuestra falibilidad.

 

 

Conclusiones

 

Culto es aquel que sabe dónde encontrar lo que no sabe.

Georg Simmel (1908), Sociología.

 

En su lucha contra los dogmáticos los escépticos declararon que la verdad no existía. Al hacerlo crearon, ¿sin darse cuenta?, otra ortodoxia, igual de dogmática que la de sus oponentes. La prueba más reciente de ello está en Sören Kierkegaard. Este filósofo existencialista que combatía la perspectiva de la verdad total de Hegel insistió en que la incertidumbre objetiva «es la verdad, la más alta verdad que pueda haber para un sujeto existente», hasta el límite, concluye Kierkegaard, de que «la verdad consiste precisamente en este acto de valentía que elige la incertidumbre objetiva con la pasión del infinito» (Kierkegaard, Sören, 1846: 134).

Es obvio que se puede ser fieramente crítico y absolutamente dogmático a la par. (En nuestros días, el auge tanto de la posmodernidad como de los movimientos feministas ‘contrademocráticos’ lo refrenda.) Sin embargo, la certidumbre absoluta igual que la incertidumbre total es enemiga del conocimiento, pues ¿para qué saber si aceptamos alegre y confiadamente que lo sabemos todo acerca de la (in) certidumbre?

Las líneas del horizonte han variado y siguen variando a partir de la conciencia del error. Y gracias a la táctica de nuestros antepasados basada en el ensayo y error ha sido posible el aprendizaje durante miles y miles de años. Y ante los peligros que comportan las extralimitaciones, en este caso nacidas del exceso de fe y de confianza, opino que la verdad existe, pero entre matices, dependiendo de situaciones y condicionantes y, a veces, habitando entre los claroscuros de la contingencia, y más cuando «hemos llegado a un nuevo nivel de comprensión en el que la racionalidad ya no se identifica con la «certeza» ni la probabilidad con la «ignorancia» (Prigogine,1988: 69).

¿Eso significa que vivimos en el desasosiego del fracaso y bajo la inseguridad de las incertezas y con la desazón de que no existe una «filosofía verdadera», incluso una «ciencia verdadera»? No. Estricta y llanamente indica que somos individuos que moran en el aquí y ahora; que muy rara vez conseguimos un índice cero de errores en el ámbito de la investigación; que en el mejor de los escenarios seremos meras huellas para aquellos que el día de mañana decidan discutir o recuperar nuestras contribuciones; que es peligroso postular teorías defendidas desde el descontrol que generan las hambres de infinitud, esto es, al margen de la recogida finita de información empírica. Y al margen de nuestras facultades igualmente finitas.

En fin, en mi planteamiento la objetividad poco tiene de objetiva cuando se deshumaniza y se entiende como retrato cósmico de la Realidad y cual mecanismo de naturaleza sobrehumana. En mi planteamiento, ser esquivos a los riesgos conllevaría apartarnos de los elementos que están presentes en las fases de construcción del conocimiento. Y, dado que es inviable una ciencia sin co-ciencia o conciencias, por la misma razón no puede haber conocimientos sin la actividad que ejercen las personas tanto en la elección de los datos fácticos como en los intentos por controlar los errores desde los criterios de objetividad, sobre todo porque «la razón es aquella facultad humana que permite construir criterios cuyo fin es interpretar la realidad de forma compartida» (Maestro, 2013).

¿Provisionalidad de las certidumbres? Nunca aparece tal provisionalidad si admitimos que existe una ciencia inhumana. Pero, como no hay motivos para apelar al ideal de una racionalidad que actúa independiente de los seres humanos, tampoco y por la misma regla de tres deduzco que sea posible defender criterios epistémicos más allá de quienes, con sus aciertos y fracasos, intervienen en (la elaboración y refrendo de) los trabajos del conocimiento. Esto significa que el futuro está abierto. Y porque lo está podemos seguir aprendiendo, inmersos en una realidad que, lo observó hace mucho tiempo el filósofo Heráclito, es variable, fascinante… Y abierta a hallazgos, a renovaciones, con avances y retrocesos, añado.

Eso sin olvidar que en la cadena de transmisión de conocimientos, que eso significa «tradición», es frecuente que «el que comprende no elige arbitrariamente su punto de mira, sino que su lugar le está dado con anterioridad» (Gadamer, 1960: 401). Con otras palabras. No estamos fuera de una tradición ni siquiera fuera de (la tradición de) la antitradición, como sugieren los posmodernos, pues siendo como somos un simple eslabón de una larga sucesión de aportaciones somos apenas algo al margen de las elaboraciones de quienes, por precedernos, tanto hemos aprendido y no pocas veces alejado.

Y, dado que el discurso ‘científico’ es incompatible con la ausencia de información fáctica -también lo es con la falta de un canon metodológico, no hay epistemológicamente teorías sin el encuadre de un aquí y ahora, encuadre que puede ser variado hoy o mañana.

Y para no engañar en nombre de la verdad, excluyo por dogmática y utópica cualquier conceptualización de lo real que pretenda ser verdadera en y por sí misma: sin inmanencias ni registro empírico, sin contextos ni tradiciones, sin individuos, datos ni comprobaciones metodológicas, toda vez que los actos dirigidos a emanciparse de lo concreto, lo sugirió hace tiempo Gustavo Bueno, avivan pantopías.

Un detalle. Cuando Wittgenstein concibió su Tractatus en el interior de una trinchera y luego como prisionero de guerra italiano lo terminaba de escribir, juzgó estar, igual que los místicos del pasado, en posesión de la luz y creyó haber resuelto «todos» los (meta) problemas del conocimiento. Así que ¿«verdad» con garantías totales? Imposible si no somos entes angelicales ni seres genéticamente perfectos.

¿Y qué hay de ese sueño, deslumbrador, de considerar la «verdad» como un mapa sin equívocos? Filósofos ‘teólogos’ como Descartes y Leibniz, uno desde el catolicismo, el otro desde el protestantismo, propusieron hace tiempo la existencia de la verdad dogmáticamente verdadera, o sea, lineal y sin errores. Pero tal cosa, en mi opinión, es harto difícil de aceptar, habida cuenta de que esta premisa en la medida en que exagera las expectativas sobre la humana objetividad oculta las relaciones, las tensiones y aportaciones, nunca enteramente aclaradas, entre lo social y lo individual, entre la soledad creativa de las personas y la influencia de las tradiciones y de los grupos de presión.

Por último, ¿«verdad» desde el supuesto de que somos capaces de navegar con los vientos a favor de una neutralidad absoluta? Igual de improbable, ya que el conocimiento tiene sus raíces en la conducta, deliberativa y valorativa, de las personas. Y la utopía de una humanidad que jamás se equivoca no tiene cabida en el ámbito ‘real’ del conocimiento.

En conclusión, aunque los idealistas del siglo XXI traten fanáticamente de imponer por la vía de la repetición y la propaganda modelos colectivistas de antipensamiento, estos modelos no alcanzan ni alcanzarán estatus de verdad, pues lo que tienen entre manos son doctrinas cerradas que, por su inherente y densísimo dogmatismo, repelen cualquier criterio de crítica, es decir, de supervisión, corrección y refutación.

En cualquier caso, y fin del relato, si el acto de conocer desmiente la ambición barthesiana de cerrar los ojos, ¿quién dijo que conocer fuera una tarea fácil? ¿Y quién dijo que conocer supusiera el hecho golpista, tan despótico como reaccionario, de excluir los principios de revisión, corrección y refutación?

 

 

Bibliografía

 

En comunidad es fácil vivir según las ideas ajenas. En soledad, es fácil vivir según las ideas propias. Pero solo es notable el que, en comunidad, conserva la independencia.

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Jesus G. Maestro