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28 abril 2019

Análisis del lugar de La busca de Baroja en la genealogía de la literatura

 



Análisis del lugar de La busca de Baroja
en la genealogía de la literatura

 

 

Antonio García-Contreras Castellano

Universidad de Granada
Escuela Hispánica de Estudios Literarios

 

 

La genealogía de la literatura
en la Crítica de la razón literaria

 

En el presente trabajo partimos del presupuesto irrenunciable de que la literatura es una construcción humana y racional. Es por ello que las obras literarias son interpretables desde una crítica literaria que, mediante el uso de criterios racionales, sea capaz de extraer las ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios. La Crítica de la razón literaria de Jesús G. Maestro asume estos presupuestos y desarrolla, especialmente en su segundo tomo, una potente crítica de la literatura capaz de interpretar materiales literarios de muy diversa índole y clasificarlos. En esa misma línea, en este trabajo nos proponemos dar una explicación crítica, es decir, verdaderamente filosófica[1] de la novela La busca de Pío Baroja. Para realizar dicha labor crítica es pertinente valerse de la genealogía de la literatura, expuesta en la Crítica de la razón literaria, en la que podremos situar esta obra fundamental en la producción de Baroja y que esbozaremos brevemente.

Según el tipo y modo de conocimientos literarios implicados, podemos ordenar las obras literarias en cuatro linajes en los cuales podemos incluir a todas y cada una de ellas. En primer lugar, podemos hablar de literatura primitiva o dogmática, que implica saberes irracionales y acríticos como son el mito, la magia, la religión y la técnica. En segundo lugar, la literatura crítica o indicativa explicita saberes racionales y críticos a través de la desmitificación, el racionalismo, la filosofía y la ciencia. Por otro lado, hay una literatura programática o imperativa, que combina saberes racionales y acríticos y se caracteriza por moverse a través de la ideología, las pseudociencias, la teología y latecnología. Finalmente, hablamos de literatura sofisticada o reconstructivista cuando se combinan saberes irracionales y críticos que implican psicologismo, sobrenaturalismo, animismo y sobrenaturalismo.

Es la literatura crítica o indicativa la que constituye el triunfo de un racionalismo antropológico sobre el irracionalismo primitivo, representando el triunfo de la crítica y la desmitificación propias de la filosofía y la ciencia. Esta literatura solo es posible en el marco de una sociedad política, estando constituida por aquellas obras centradas en objetivar ideas en torno al eje circular del espacio antropológico[2] y en disolver las mitologías del presente que las circunda. Considerar a una obra o a un autor como perteneciente a esta familia literaria es tanto como considerarlos verdadera literatura en el sentido más fuerte del término.

 

 

Baroja interpretado desde la ontología de la literatura
según la 
Crítica de la razón literaria


La ontología materialista de la literatura que desarrolla Jesús G. Maestro distingue cuatro materiales literarios fundamentales e irreducibles entre sí que son: autor, obra, texto e intérprete o transductor. El autor, sería aquel sujeto operatorio que objetiva formalmente las ideas en los materiales literarios. No se trata de ninguna entidad formal, sino que es un sujeto operatorio interpretable desde la ontología especial trimembre del materialismo filosófico[3] como un sujeto corpóreo (M1) que refleja una estructura psicológica (M2) y objetiva un sistema de ideas (M3).

En este sentido suscribimos plenamente la afirmación de Spinoza según la cual «está claro, pues, que nos es imprescindible tener noticias sobre los autores que escribieron cosas oscuras o imperceptibles al entendimiento si queremos interpretar sus escritos»[4]. Esta idea se traduce en que la figura del autor es irrenunciable en el estudio de las obras literarias para todo aquel que no quiera incurrir en reduccionismos de corte estructuralista, posmoderno, etc.

Asentada esta aclaración ontológica, se puede hablar de Pío Baroja como un autor fundamental en la historia de la literatura española dentro de la familia de la literatura crítica o indicativa. Baroja es un autor en cuyas novelas está muy presente la desmitificación de las ideologías y de las concepciones idealistas de la realidad y que, desde una perspectiva individualista y escéptica, niega la posibilidad de cualquier tipo de redención colectiva tal y como han propugnado tantas ideologías a lo largo de la Historia.

En novelas como Camino de perfección, La busca o El árbol de la ciencia combina la narración de la evolución personal de un protagonista a modo de Bildungsroman con la descripción de los vicios de la sociedad española de principios de siglo. De este modo, la Universidad, la vida rural o los barrios bajos de Madrid son escenarios adecuados para dar cuenta de la miseria moral en la que considera que se halla España. La reivindicación de justicia y de una reforma profunda en las relaciones sociales no se plantea desde la perspectiva utópica, idealista o directamente infantil propia del krausismo, sino que el punto de vista es absolutamente escéptico. Este escepticismo queda reflejado en el suicidio de Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia, cuyo final trágico parece una consecuencia esperable de su abulia y que remite en último término a esa abulia nacional que señaló en 1896 Ganivet en su Idearium español. Escribe Baroja[5]:

 

Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez de la intoxicación no le produjo convulsiones ni vómitos.

La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata del corazón.

—Ha muerto sin dolor —murmuró Iturrioz— Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo creía.

—Pero había en él algo de precursor —murmuró el otro médico (El árbol de la ciencia, VII, IV, p. 292).

 

 

La busca de Baroja interpretada
desde la idea de Novela social española

 

Antes de considerar La busca de P. Baroja como una novela social inserta en la genealogía de la literatura del materialismo filosófico como teoría de la literatura, hay que buscar una definición del término novela social que dé cuenta de toda la amplitud del mismo. Tomando varias definiciones del término podemos construir aquella que sea más adecuada para la interpretación materialista de la literatura.

En primer lugar, se puede tomar una concepción del tipo de la de P. Gil Casado, que entiende que este tipo de novela se caracteriza por relatar sucesos relacionados con la vida de los miembros de una sociedad dada, tratando de mostrar el anquilosamiento de esta o la injusticia y desigualdad que existe en su seno con el propósito de criticarlas[6]. La novela social se centraría en un grupo o clase concreto, exponiendo personajes-clase que concretan sus características esenciales a través de su propia personalidad, siendo sus problemas de una índole que rebasa el ámbito de lo personal[7]. Asumiendo que el término novela social no deja de ser artificial e insuficiente, entiende que debe implicar una descripción de la realidad social con componentes críticos.

Por otro lado, S. Sanz Villanueva habla de realismo social refiriéndose a un proceso de gestación, desarrollo y desintegración que surge en los años 30, tiene su cénit en la generación del 50 y deriva en la pérdida de «eficiencia artística» del movimiento en los 70[8]. Los autores de novela social tratan el descubrimiento de la realidad cotidiana, quitándole importancia el personaje individual en favor del colectivo[9]. Para Villanueva, esta literatura implica una conciencia social además de favorecer una misión cultural y ética. Es por tanto una escritura comprometida que determina el comportamiento público de sus escritores[10].

Finalmente, podemos considerar la concepción de F. Álamo Felices. Este autor también habla de realismo social entendiendo el realismo como un intento de contar las cosas tal y como son[11], lo cual implica una concepción descriptivista de la literatura. Para este autor, la novela social sería un fenómeno histórico muy concreto, se trataría de una respuesta al «oscurantismo del Régimen» de Franco[12]. Acaba realizando una identificación entre la novela social y el realismo socialista ligado de algún modo con el activismo antifranquista, afirmando lo siguiente: «Parece evidente que el común denominador de la bandera realista era la desmitificación de las bases que perpetuaban un cierto orden nacional, histórico, de España, y recomponer ese estado anómalo, que, ahora representaba el franquismo, sustituyéndolo por una alternativa cultural, política y social de la cual los realistas aportaban la estrategia de la concienciación por medio de la literatura y las artes»[13].

La inclusión de criterios ad hoc de este tipo lo empuja a afirmar que una novela como La familia de Pascual Duarte no es en ningún caso una novela social, ni siquiera un precedente, sino que es una novela «producida desde y por la ideología que sustentará el régimen franquista», «una novela familiar»[14].

Descartamos tanto la concepción de la novela social que ofrece Sanz Villanueva como la que ofrece Álamo Felices por considerar que, aunque no desde luego en el mismo grado, la asumen como un género plenamente insertado en la literatura comprometida, es decir, en lo que llamamos literatura programática o imperativa. A esta concepción de la literatura social (novela, teatro, poesía, etc.) se pueden aplicar las siguientes palabras que usa Maestro para referirse a la poesía social de Celaya:

 

La poesía social, como la littérature engagée, hizo del compromiso un flatus vocis. Lo he dicho varias veces y volveré sobre ello más adelante: hay que salir de la literatura para hacer la Revolución (Maestro, Crítica de la razón literaria, II.3.10).

 

Sin embargo, una definición como la de Gil Casado es susceptible de ser reinterpretada en términos materialistas, y ello a pesar de su vaguedad y de que trata erróneamente a nuestro juicio de remontar la novela social hasta épocas previas a la constitución de la nación política. La idea de un tipo de novela que trata de describir los componentes materiales de una sociedad política desde el punto de vista de un racionalismo crítico, objetivando ideas sobre los mismos en los materiales literarios a través de la figura de un personaje-clase, es plenamente asumible desde lo que en la genealogía de la literatura denominamos una literatura crítica o indicativa. La novela social habría que concebirla desde esta perspectiva como un tipo de novela en la cual los componentes racionales y críticos están por encima de las exigencias de alguna ideología concreta, lo cual probablemente descarta a muchas de las obras que la crítica ha considerado tradicionalmente incluidas en esta categoría.

Esta concepción de la novela social permite afirmar que La Busca de Pío Baroja es una novela social y además nos permite rastrear los antecedentes de la novela social española en ciertos pasajes de la novela realista de los tiempos de la Restauración, que describen ciertas problemáticas sociales sin caer en el pintoresquismo propio del costumbrismo[15]. Pueden citarse ejemplos ilustres en las novelas de Galdós, donde se muestran los conflictos sociales de la España de su tiempo, sin olvidar la severa crítica global que constituye La Regenta, ya que aunque Vetusta se tome por Oviedo, sirve como arquetipo de cualquier capital de provincias de la época. Un ejemplo de la inserción de componentes propios de la novela social en La Regenta puede encontrarse en el paseo que Ana Ozores y Petra dan por El Boulevard de Vetusta[16]:

 

Las muchachas reían sin motivo, se pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los grupos de obreros crecía la algazara; había golpes en la espalda, carcajadas de malicia, gritos de mentida indignación, de falso pudor, no por hipocresía, sino como si se tratara de un paso de comedia. Los remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se exponía a salir con las mejillas ardiendo. Las virtudes que había allí sabían defenderse a bofetadas. En general, se movía aquella multitud con cierto orden. Se paseaba en filas de ida y vuelta. Algunos señoritos se mezclaban con los grupos de obreros (La Regenta, IX, p. 431).

 

 

La busca desde la genealogía de la literatura

 

Habiendo dejado claro que consideramos que La busca es una novela social según el concepto de novela social que hemos ofrecido, procede analizar la propia novela. La busca fue la quinta de las novelas publicadas por Pío Baroja, apareció primero por entregas en el periódico El Globo en 1903 y fue posteriormente modificada y editada como libro en 1904. Constituye junto con Mala hierba y Aurora roja la trilogía La lucha por la vida que narra los esfuerzos del joven Manuel Alcázar por dejar la vida de hampón y construirse un futuro como trabajador honrado con los distintos altibajos que sufre en este camino.

Esta novela supone un punto de inflexión en el tratamiento literario de problemáticas políticas y sociales de la España de principios de siglo. Puede interpretarse a Baroja como un autor que analiza la realidad social urbana de España para, a través del testimonio de la pobreza y la miseria generalizadas, tratar de dar cuenta del estado actual de la nación. A lo largo de la novela presenta a los pobres, desheredados, mendigos, prostitutas, delincuentes y humildes trabajadores que viven en la miseria de Madrid tratando de sobrevivir cada uno como puede. A través de la propia descripción de la pobreza, la injusticia y la falta de principios morales denuncia el autor la alarmante situación de estos barrios bajos que son un reflejo esperpéntico de la España que tantos autores de su tiempo buscaban regenerar.

En la novela se presentan una serie de personajes que habitan en los bajos fondos del Madrid finisecular unidos por el hilo conductor que es Manuel Alcázar. Estos personajes representan formas de vida muy diversas pero que en general coinciden en su miseria y falta de perspectiva de mejora. Baroja se cuida de distinguir los distintos tipos morales que habitan en estos escenarios y diferencia una serie de personajes que merece la pena analizar.

En primer lugar, el personaje del Bizco es uno de los ejemplos de degeneración moral que desfilan a lo largo de la novela. Se trata de uno de tantos individuos anómicos que aparecen a lo largo del relato y que no son capaces de vivir conforme a los estándares de una sociedad política, con lo que solo les resta el delito, la pobreza y la marginalidad. Su peculiaridad principal está en que, a pesar de que a Manuel le causa un profundo rechazo, acompaña a este a intervalos a lo largo de toda la novela. Baroja lo presenta como un individuo degenerado moral y físicamente, con unos rasgos simiescos que hacen entrever su carácter brutal y agresivo:

 

La cara del Bizco producía el interés de un bicharraco extraño o de un tic patológico. La frente estrecha, la nariz roma, los labios abultados, la nariz pecosa y el pelo rojo y duro, le daban un aspecto de un mandril grande y rubio (p. 292).

 

Este personaje es el que lleva a Vidal y posteriormente a Manuel a cometer robos y a una vida miserable en la que llegan a alimentarse incluso de gatos callejeros para sobrevivir. Las reservas morales de Manuel son lo que empujan a este a alejarse del Bizco y a tratar de buscarse la vida de forma honrada.

La presencia de individuos anómicos como el Bizco y de todos los «golfos» que Baroja presenta se enfrenta dialécticamente, tal y como ha señalado Marín Jiménez, a la de aquellos otros que desde la misma miseria tratan de sobrevivir a través de una vida de trabajo y esfuerzo. Esta contraposición se hace especialmente manifiesta en el párrafo final de la novela:

 

Comprendía que eran las de los noctámbulos y las de los trabajadores vidas paralelas que no llegaban ni un momento a encontrarse. Para los unos, el placer, el vicio, y la noche; para los otros, el trabajo, la fatiga, el sol. Y pensaba también que él debía de ser de éstos, de los que trabajan al sol, no de los que buscan el placer en la sombra (p. 456).

 

Probablemente el principal representante de estos hombres que «trabajan al sol» sea don Custodio, el trapero que acoge en su casa a Manuel cuando lo encuentra durmiendo en un agujero en un terraplén. Este señor ofrece a Manuel un modelo de vida ordenada y que, dentro de la miseria que implica vivir en una chabola en los suburbios, puede sobrevivir con cierta holgura. Frente a lo que representan los golfos como el Bizco y Vidal, don Custodio es un hombre que, a pesar de no haber tenido acceso a ningún tipo de formación académica, posee cierta prudencia natural e inquietudes intelectuales:

 

El señor Custodio era hombre inteligente, de luces naturales, muy observador y aprovechado. No sabía leer ni escribir, y, sin embargo, hacía notas y cuentas; con cruces y garabatos de su invención, llegaba a sustituir la escritura, al menos para los usos de su industria.

Sentía el señor Custodio un gran deseo de instruirse, y a no ser porque le parecía ridículo, se hubiese puesto a aprender a leer y escribir. Por las tardes, concluido el trabajo, solía decir a Manuel que leyese los periódicos y revistas ilustradas que recogía por la calle, y el trapero y su mujer prestaban gran atención a la lectura (p. 436).

 

A pesar de que don Custodio tenga ciertos componentes ridículos (como sus ideas sobre el abono que se desperdicia en Madrid y el reciclaje de escombros), se trata de un individuo que puede sustentar a su familia gracias a su trabajo diario sin necesidad de recurrir al delito o a formas de comportamiento que lo hagan irreconciliable con el racionalismo de la sociedad política, y en este sentido Baroja lo ensalza.

Más allá de esta dialéctica entre golfos y trabajadores como polos entre los que el protagonista se mueve, es interesante tratar la figura de Roberto Hasting. Se trata de un personaje que ha sido entendido en general por la crítica desde una perspectiva que ha oscilado entre el darwinismo social y la idea nietzscheana de la voluntad de poder, sin embargo, es reinterpretable desde coordenadas materialistas. Roberto es un personaje central a lo largo de la novela y la trilogía, es un joven estudiante que a pesar de su situación precaria no ceja en su empeño de obtener las pruebas suficientes para poder reclamar una herencia millonaria a la que tiene legítimo derecho. Se trata de un individuo que cumple con los deberes éticos fundamentales que Gustavo Bueno, basándose en Spinoza, señala: la fortaleza entendida como firmeza y generosidad[17].

En su Ética define Spinoza estas dos virtudes éticas de la siguiente forma:

 

Refiero a la fortaleza todas las acciones que derivan de los afectos que se remiten al alma en cuanto que entiende, y divido a aquella en firmeza y generosidad. Por «firmeza» entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza en conservar su ser, en virtud del solo dictamen de la razón. Por «generosidad» entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza, en virtud del solo dictamen de la razón, en ayudar a los demás hombres y unirse a ellos mediante la amistad. Y así, refiero a la firmeza aquellas acciones que buscan solo la utilidad del agente, y a la generosidad, aquellas que buscan también la utilidad del otro (Ética, III, prop. LIX, escolio).

 

Los pocos personajes que en la trilogía de La lucha por la vida logran salir adelante lo hacen precisamente por imponer racionalmente su fortaleza. Roberto Hasting es un hombre de acción en el que se concentran firmeza y generosidad. Muestra su firmeza en el curso del proceso de obtención de su herencia, que dura prácticamente toda la trilogía, durante el cual llega a situaciones de verdadera miseria en las que tiene que acudir a la beneficencia para alimentarse. Estos contratiempos no evitan que Roberto continúe la investigación para alcanzar sus objetivos vitales:

 

Así es la vida; hay que esperar, no hay más remedio. Ahora que nadie me cree, gozo yo más con el reconocimiento de mi fuerza que gozaré después con el éxito. He construido una montaña entera; una niebla profunda impide verla; mañana se desgarrará la niebla y el monte aparecerá erguido, con las cumbres cubiertas de nieve.

Manuel encontraba necio estar hablando de tanta grandeza, cuando ni uno ni otro tenían para comer, y, pretextando una ocupación, se despidió de Roberto (p. 404).

 

Además de su firmeza, se trata de un personaje caracterizado por su generosidad. Durante algunos pasajes de la novela actúa como consejero de Manuel, siendo de las pocas personas con las que el protagonista traba una amistad duradera. Roberto tendrá un papel clave en los siguientes tomos de la trilogía, pues cuando obtiene la herencia que tanto tiempo había buscado invierte parte de su fortuna en una imprenta para Manuel.

Frente a este modelo de firmeza y generosidad que da lugar al triunfo social, hay otros personajes que representando precisamente lo contrario fracasan y acaban siendo protagonistas de su propia tragedia. El caso más claro de fracaso ligado a una falta de fortaleza es el de Leandro, primo de Manuel cuya muerte pone el cierre a la segunda parte de la novela. Leandro es hijo de don Ignacio, zapatero que ofrece un trabajo a Manuel cuando este es expulsado de la casa de doña Casiana. Este personaje tiene una novia llamada la Milagros que lo abandona para irse con otro hombre con un estatus social superior y al no poder asumir este fracaso acaba asesinándola y posteriormente suicidándose. Su incapacidad para aceptar su derrota lo lleva al asesinato y al suicidio que son las formas más terribles de negación de la generosidad y de la firmeza respectivamente.

Estos ejemplos de triunfo y fracaso demuestran que para Baroja las soluciones a los problemas antropológicos no son colectivas sino individuales, los planteamientos colectivistas acaban en fracaso y la falta de firmeza lleva a los individuos a la tragedia. En este sentido, en Baroja no hay esperanza de una redención social inmediata a través de la revolución, sino que la redención individual a través del ejercicio de la fortaleza es el único camino para sobrevivir.

 

 

Conclusión

 

La conclusión a la que llegamos tras este breve análisis es que La busca de Pío Baroja es un material literario que podemos subsumir dentro de la literatura crítica o indicativa en la cual los personajes adoptan formas de conducta racionales o perecen víctimas tanto de su propio irracionalismo como del irracionalismo de la sociedad en la que se desenvuelven. Además, hay en La busca una desmitificación de algunas de las ideologías que por entonces tenían algo que decir. Sirva como ejemplo la visión humorística y desengañada de la idea de regeneración que tanto influyó en los años posteriores a la pérdida de las últimas provincias de ultramar y cuyos adalides fueron autores como Costa, Giner de los Ríos o Altamira:

 

En el piso bajo de la casa, en la parte que daba a la calle del Águila, había una cochera, una carpintería, una taberna y la zapatería del pariente de la Petra. Este establecimiento tenía sobre la puerta de entrada un rótulo que decía: «A la regeneración del calzado».

El historiógrafo del porvenir seguramente encontrará en este letrero una prueba de lo extendida que estuvo en algunas épocas cierta idea de regeneración nacional, y no le asombrará que esa idea, que comenzó por querer reformar y regenerar la Constitución y la raza española, concluyera en la muestra de una tienda de un rincón de los barrios bajos, en donde lo único que se hacía era reformar y regenerar el calzado. Nosotros no negaremos la influencia de esa teoría regeneradora en el dueño del establecimiento A la regeneración del calzado; pero tenemos que señalar que este rótulo presuntuoso fue puesto en señal de desafío a la zapatería de enfrente, y también tenemos que dar fe de que había sido contestado con otro aún más presuntuoso (p. 281).

 

Es este un ejemplo de tantos en los que se puede ver que en Baroja hay una concepción de la novela social que, lejos de suscribir los presupuestos de ninguna ideología, critica toda concepción ideológica. La busca es una novela que por las ideas que pone en juego, el retrato social que construye y la visión desengañada y desmitificadora que ofrece del mundo, puede considerarse como una de las más valiosas y actuales de literatura española.

 

 

Bibliografía

 

  • Álamo Felices, Francisco (1996), La novela social española: conformación ideológica, teoría y crítica, Almería, Universidad de Almería.
  • Baroja, Pío (1905), La Busca, Madrid, Ediciones Cátedra, 2010. Ed. de Juan Mª Marín Martínez.
  • Baroja, Pío (1911), El árbol de la ciencia, Madrid, Ediciones Cátedra, 2006. Ed. de Pío Caro Baroja.
  • Bueno, Gustavo (1972), Ensayos materialistas, Madrid, Taurus.
  • Bueno, Gustavo (1978), «Sobre el concepto de espacio antropológico», El Basilisco, 5 (57-69). Reed. en El sentido de la vida. Seis lecturas de filosofía moral, Oviedo, Pentalfa, 1996 (89-114).
  • Bueno, Gustavo (1995), ¿Qué es filosofía?, Oviedo, Pentalfa.
  • Bueno, Gustavo (1996), El sentido de la vida. Seis lecturas de filosofía moral, Oviedo, Pentalfa.
  • Alas, Leopoldo, «Clarín» (1884-1885), La Regenta, Madrid, Ediciones Cátedra, 2011, Ed. de Juan Oleza.
  • Ganivet, Ángel (1896), Idearium español, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1945.
  • Gil Casado, Pablo (1973), La novela social española (1920-1971), Barcelona, Seix Barral.
  • Maestro, Jesús G. (2017), Crítica de la razón literaria: una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica. Tratado de investigación científica, crítica y dialéctica sobre los fundamentos, desarrollos y posibilidades del conocimiento racionalista de la literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2022, 10ª ed. digital definitiva disponible en línea.
  • Sanz Villanueva, Santos (1980), Historia de la novela social española (1942-1975), Madrid, Alhambra, 1986.
  • Spinoza, Baruch (1670), Tratado teológico-político, Madrid, Alianza, 1986. Introducción, traducción y notas de Atilano Domínguez.
  • Spinoza, Baruch (1677), Ética demostrada según el orden geométrico, Madrid, Alianza, 1987. Introducción, traducción y notas de Vidal Peña.

 

 



NOTAS

[1] Bueno (1995).

[2] Bueno (1978).

[3] Bueno (1972).

[4] Spinoza (1670/1986: p. 209).

[5] Citado según la edición de Pío Caro Baroja de 2006.

[6] Gil Casado (1973: p. VIII).

[7] Gil Casado (1973: p. IX).

[8] Sanz Villanueva (1980: p. 3).

[9] Sanz Villanueva (1980: p. 13).

[10] Sanz Villanueva (1980: p. 11).

[11] Álamo Felices (1996: p. 132).

[12] Álamo Felices (1996: p. 136).

[13] Álamo Felices (1996: p. 138).

[14] Álamo Felices (1996: p. 142).

[15] Gil Casado (1973: p. VIII).

[16] Cito La Regenta según la edición de Juan Oleza de 1984 reeditada en 2011.

[17] Bueno (1996).




Crítica de la razón literaria