El modelo educativo disuelto
en la fábula de La vida es sueño
Ramón de Rubinat
Escuela Hispánica de Estudios Literarios
Universidad de Lérida
Son muchos los estudios que se han dedicado a analizar tanto los contenidos de la educación que Segismundo recibe por parte de Clotaldo –su ayo–, como la prudencia política que adquiere durante sus excarcelaciones, que harán de aquella primera bestia homicida un príncipe –y, al cabo, rey– prudente y piadoso. También ha sido objeto de estudio la tensión entre los contenidos filosóficos y astrológicos referidos a la libertad del hombre y los postulados o aproximaciones teológicas a esta cuestión. Segismundo aprende y todo lo que aprende, todos los contenidos educacionales, son un asunto de gran importancia que, como hemos dicho, ha merecido y sin duda seguirá despertando la atención del crítico literario.
El objeto de nuestro estudio no son estas
materias sino la idea de educación que Calderón ha disuelto en la fábula
de La vida es sueño, la idea de educación ejercida por los
personajes de esta obra[1].
En otras palabras: si atendemos a lo que ocurre, a la fábula construida por el
autor, advertiremos que, de aquello que les sucede a los personajes y del modo
en que algunos de ellos proceden al discutir, se sigue una determinada idea de educación.
El problema es que esta idea no se explicita literalmente, de modo que
podríamos decir que la fábula, en este sentido, deviene el ejemplo de una idea
de educación que el lector debe inferir a partir de los propios hechos
narrados y las relaciones entre los personajes. Pues bien, esto es lo que vamos
a ver a continuación: lo que sucede entre los personajes y cómo discuten.
1
Lo que sucede entre el gracioso Clarín y el rey Basilio
Clarín es el personaje de más baja condición
de la obra, un graciosillo, cobarde, traidor y miserable.
[Clarín] …entremetido,y deste oficio soy jefe,porque soy el mequetrefemayor que se ha conocido.[Segismundo] Tú solo en tan nuevos mundosme has agradado.[Clarín] Señor,soy un grande agradadorde todos los Segismundos(Calderón, 2000: 128).
Este es el punto de partida. Así ha querido
presentárnoslo Calderón. Pero, ¿cómo acaba semejante individuo? Clarín muere.
La escena es la siguiente: tratando de escapar de la muerte en el campo de
batalla, se refugia en un sitio «oculto
y fuerte entre unas peñas» con tan mala
fortuna que recibe un disparo mortal. Clarín, antes de expirar, expresa el
siguiente contenido educacional:
[Clarín] Soy un hombre desdichado,que por quererme guardarde la muerte, la busqué.Huyendo de ella, topé con ella,pues no hay lugarpara la muerte secreto;de donde claro se arguyeque quien más su efecto huye,es quien se llega a su efeto.Por eso tornad, tornada la lid sangrienta luego;que entre las armas y el fuegohay mayor seguridadque en el monte más guardado;que no hay seguro caminoa la fuerza del destinoy a la inclemencia del hado;y así, aunque a libraros vaisde la muerte con huír.¡Mirad que vais a morir,si está de Dios que muráis![Cae dentro] (Calderón, 2000: 188-189).
Y uno de los que esto oyen es el rey Basilio. Y lo
que sucede a continuación es que el rey, expuesto al contenido educacional
expresado por Clarín, ni dialoga, ni armoniza posturas, ni aboga por el respeto
a los distintos modos de entender el asunto, ni postula ninguna aspiración de
isovalencia entre distintos enfoques –entre otras cosas, porque Basilio no es
un pedagogo posmoderno–, sino que se reconoce ignorante y acepta el dictum de Clarín:
[Basilio] «¡Mirad que vais a morirsi está de Dios que muráis!»Qué bien, ¡ay cielos!,persuade nuestro error,nuestra ignoranciaa mayor conocimientoeste cadáver que hablapor la boca de una heridasiendo el humor que desatasangrienta lengua que enseñaque son diligencias vanasdel hombre cuantas disponecontra mayor fuerza y causa!Pues yo, por librar de muertesy sediciones mi patria,vine a entregarle a los mismosde quien pretendí librarla
(Calderón, 2000: 189).
La reacción del rey Basilio es muy clara:
En primer lugar, repite el contenido educacional
(«¡Mirad que vais a morir/ si está de Dios que muráis!»). No olvidemos que esta
idea, que impacta de forma tan especial en un rey, la acaba de pronunciar aquel
Clarín miserable y cobarde.
En segundo lugar, el rey reconoce que había vivido
en un error fruto de la ignorancia y que este contenido educacional acaba de
rescatarlo («persuade nuestra ignorancia a mayor conocimiento»), pues ha
abolido lo sabido hasta ahora y se ha impuesto inexorablemente. Adviértase que,
en materia educacional, la condición social del individuo nada cuenta. Aquí se
trata de saber o no saber. Y si resulta que el que sabe fue un graciosillo y el
que no sabe es un rey, esto no tiene ninguna importancia. Ni el argumentum ad lazarum (Clarín no está en
lo cierto por ser pobre), ni el argumentum
ad crumenam (que la verdad de Basilio descansase en su riqueza) tienen aquí
ninguna fuerza. La solidez de las razones no descansa en la condición de los
individuos que las sostienen sino en sus contenidos de verdad. A Cervantes
tampoco se le escapó esta cuestión:
Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde, que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo (Cervantes, 1998: 757).
Esta idea, contenido fundamental de toda
literatura crítica o indicativa[2],
dice la potencia de La vida es sueño.
El aprendizaje nos hace libres: esto, claro está, no podía escapársele a
Cervantes. De todos modos, dejamos aquí la cuestión de la relación entre
educación y libertad, pues la retomaremos en otro capítulo, y seguimos viendo
cómo ha afectado en Basilio el dictum
de Clarín.
En tercer lugar, el rey Basilio pasa a glosar el
contenido educacional. La lengua del Clarín agonizante «enseña / que son diligencias
vanas/ del hombre cuantas dispone / contra
mayor fuerza y causa». Basilio reconoce que acaba de aprender aquello que
Clarín le ha enseñado. Aquello, antes, no lo sabía.
Y, en cuarto y último lugar, el rey revisa su
acción política a la luz del conocimiento que acaba de adquirir y ve que su
acción política hasta este momento ha sido, efectivamente, una diligencia vana. Esta enmienda a la
gestión política es, de hecho, una enmienda a la totalidad, pero es lo que
resulta de aceptar el contenido educacional transmitido por Clarín. Y aquí
Basilio no solo no se esconde, sino que admite el error en el que siempre ha
estado.
El contenido educacional aquí defendido es que el argumento más sólido –en este caso, el que coincide con la realidad de las cosas, es decir, la verdad teológica defendida por Calderón– debe imponerse. Todo individuo expuesto a la verdad debe, cuando menos, verla, otra cosa es que la acepte; de no hacerlo, incurrirá en cinismo (esto no lo dice Calderón, esto lo decimos nosotros). Basilio se reconoce ignorante, pero, como no es un necio (el que ignora que es ignorante), ni un cínico (aquel que se sabe ignorante pero tanto le da), acepta el contenido educacional con independencia de la fuente, del individuo que lo enuncia. En términos de Cervantes, diríamos que Basilio formaba parte del «vulgo» hasta que Clarín lo condujo (aquí aparece el ducere, la conducción que supone la educación) al saber.
2
Cómo discuten Rosaura y Clotaldo
Rosaura habla con su padre, Clotaldo, para pedirle
que la ayude a matar a Astolfo, pues este le quitó el honor. Se lo reclama en
estos términos:
Aquí, altivo, osado y fuerte,volver por mi honor podrás,pues que ya resuelto estása vengarme con su muerte
(Calderón, 2000: 170).
Veamos ahora la
respuesta de Clotaldo. Lo primero que este hace es observar el compromiso que
le vincula a Rosaura:
Verdad es que me inclinédesde el punto que te vi,a hacer, Rosaura, por ti–testigo tu llanto fuecuanto mi vida pudiese.Lo primero que intentéquitarte aquel traje fue;porque, si Astolfo te viese,te viese en tu propio traje,sin juzgar a liviandadla loca temeridadque hace del honor ultraje.En este tiempo trazabacómo cobrar se pudiesetu honor perdido, aunque fuese–tanto tu honor me arrestaba dandomuerte a Astolfo. ¡Miraqué caduco desvarío!
(Calderón, 2000: 170).
Clotaldo reconoce que estaba dispuesto a matar a
Astolfo. Sucedió, no obstante, que este intervino de forma no solo valiente
sino temeraria para evitar que Segismundo lo matase, de modo que, desde aquel
momento, Clotaldo está en deuda con él:
Si bien, no siendo rey mío,ni me asombra ni me admira.Darle pensé muerte,cuando Segismundo pretendiódármela a mí, y él llegósu peligro atropellando,a hacer en defensa míamuestras de su voluntad,que fueron temeridadpasando de valentía
(Calderón, 2000: 170-171).
Llegados a este punto, se plantea el problema en
los siguientes términos:
Pues ¿cómo yo agora –advierte–,teniendo alma agradecida,a quien me ha dado la vidale tengo de dar la muerte?Y así, entre los dos partidoel afecto y el cuidado,viendo que a ti te la he dado,y que de él la he recibido,no sé a qué parte acudir,no sé qué parte ayudar.Si a ti me obligué con dar,de él lo estoy con recibir,y así, en la acción ofrece,nada a mi amor satisface,porque soy persona que hace,y persona que padece
(Calderón, 2000: 171).
Clotaldo tiene obligación para con Rosaura por
haberle dado la vida y tiene obligación para con Astolfo por haberla recibido
de él (recordemos que, de no haber sido por la intervención de Astolfo,
Segismundo lo habría matado).
¿Qué hacer? La respuesta a esta
pregunta pone en funcionamiento el engranaje de la dialéctica. Nosotros, con la
Crítica de la razón literaria,
entendemos la dialéctica como:
Un proceso de codeterminación del significado de una Idea (A) en su confrontación con otra Idea antitética (B), pero dado siempre a través de una Idea correlativa (C) a ambas (Maestro, 2017: 2070).
En este caso, la afirmación de una idea A (matar a
Astolfo) frente a la idea B (no matarlo) precisa de un criterio, de una razón
(C) capaz de determinar el acierto de optar por A o por B. Este criterio lo fija
Rosaura en el siguiente pasaje:
No tengo que prevenirque en un varón singular,cuanto es noble acción el dar,es bajeza el recibir.Y este principio asentado,no has de estarle agradecido,supuesto que si él ha sidoel que la vida te ha dado,y tú a mí, evidente cosaes que él forzó tu noblezaa que hiciese una bajeza,y yo una acción generosa.Luego estás de él ofendido,luego estás de mí obligado,supuesto que a mí me has dadolo que de él has recibido;y así debes acudira mi honor en riesgo tanto,pues yo le prefiero, cuantova de dar a recibir
(Calderón, 2000: 171-172).
Este pasaje es determinante y lo es, muy
especialmente, el verso en el que se alude al «principio asentado». Asentar un
principio no es otra cosa que fijar C, fijar el criterio, la razón que nos
permitirá afirmar A y negar B, o lo contrario. ¿Y cuál es el principio que
asienta Rosaura? Que, en un varón singular como es Clotaldo, está bien el
mostrarse generoso, que la dadivosidad del varón singular dice su nobleza,
mientras que, en este, la necesidad de recibir, en la medida en que pone de
manifiesto una debilidad, le fuerza a cometer una bajeza. Expresado de la forma
más elemental, diríamos que, con la acción de salvarle la vida, Astolfo estaba
humillando a Clotaldo, pues le obligaba a aceptar, a recibir la ayuda de otro;
mientras que, dándole la vida a Rosaura, Clotaldo ejercía la generosidad hacia
los demás y, en consecuencia, ese «dar» decía la nobleza de la acción.
¿Qué puede hacer ahora Clotaldo?
Pues solo puede hacer dos cosas. Acudir a C, al principio asentado, y demostrar
que Rosaura no ha analizado bien el problema o cambiar el criterio, cambiar C,
denunciar su inconsistencia y asentar otro principio.
Lo cierto es que, en este punto, la dialéctica
entre la idea A (matar a Astolfo) y la idea B (no matar a Astolfo) analizada
según el principio asentado C que reza que dar es acción noble y obliga,
mientras que recibir es acción baja y ofende, se resuelve a favor de la idea A,
pero veamos la respuesta de Clotaldo:
Aunque la nobleza vivede la parte del que da,el agradecerle estáde parte del que recibe;y pues ya dar he sabido,ya tengo con nombre honrosoel nombre de generoso;déjame el de agradecido,pues le puedo conseguirsiendo agradecido, cuanto liberal,pues honra tantoel dar como el recibir
(Calderón, 2000: 172).
Clotaldo, muy hábilmente, trata de cambiar el
principio asentado (C).
Contra el criterio que entiende que dar es una
acción noble y obliga, y recibir es una acción baja y ofende, Clotaldo presenta
otra posibilidad: el dar dice la nobleza, pero el recibir no dice la bajeza
sino la obligación del agradecimiento, de manera que, demostrada su generosidad
(al dar la vida a Rosaura, Clotaldo ya ha sido generoso) ahora solo le queda
demostrar su agradecimiento (perdonarle la vida a Astolfo).
Adviértase que, en realidad,
Clotaldo solo podía cambiar C, pues la aplicación del principio asentado en los
términos en que lo ha hecho Rosaura es indiscutible. Clotaldo cambia el
principio asentado (la nobleza del dar contra la bajeza del recibir) y propone
el binomio generosidad-agradecimiento. ¿Qué puede hacer Rosaura?
Rosaura debe enfrentarse al nuevo
principio asentado (C) por Clotaldo, debe poner de manifiesto la insolvencia de
esta razón, y así lo hace:
De ti recibí la vida,y tú mismo me dijiste,cuando la vida me diste,que la que estaba ofendidano era vida; luego yonada de ti he recibido;pues vida no vida ha sidola que tu mano me dio.Y si debes ser primeroliberal que agradecido–como de ti mismo he oído–,que me des la vida espero,que no me la has dado;y pues el dar engrandece más,sé antes liberal;serás agradecido después
(Calderón, 2000: 172).
Rosaura, sin salir del criterio de Clotaldo, le
hace ver que, si el principio asentado C es la distinción entre generosidad y
agradecimiento, la deuda sigue siendo para con ella. ¿La razón? Rosaura
comparte la idea de Clotaldo de que una vida sin honra no es vida, de manera
que, hasta que la deshonra no esté reparada, no se puede decir que Clotaldo le
haya dado nada, pues la vida sin honra no ha sido vida. De ahí se sigue que, si
lo primero es ser generoso y, tras ello, uno puede ser agradecido, la primera
obligación sigue siendo para con Rosaura, pues Clotaldo, al no haberle dado una
verdadera vida, todavía no ha usado con ella de la generosidad.
Adviértase que lo que Rosaura está haciendo en
esta ocasión es acogerse a otro principio asentado (C), en este caso, como
decíamos, asentado por el propio Clotaldo («como de ti mismo he oído»), que
reza que la vida transcurrida bajo la ofensa, no es vida sino muerte:
Y si debes ser primeroliberal que agradecido–como de ti mismo he oído (Calderón, 2000: 172).
La cuestión de si Clotaldo ha sido (A) generoso o
si debe ser (B) agradecido, se resolverá según el principio asentado por
Clotaldo, que muestra que este no fue generoso, pues no dio vida a Rosaura sino
muerte. De ahí se sigue que Clotaldo tiene la obligación de ser generoso antes
que ser agradecido, lo cual se traduce en que debe ayudar a Rosaura a matar a
Astolfo. Clotaldo concluye la cuestión en los siguientes términos:
Vencido de tu argumentoantes liberal seré (Calderón, 2000: 172).
La dialéctica es un polemos, una guerra. La dialéctica nada tiene que ver con el
diálogo, que no es más que la alternancia de turnos de palabra.
Lo que acaba de suceder en este pasaje de La vida es sueño es un ejercicio de
dialéctica. Rosaura y Clotaldo fijan un criterio, una razón y, sobre este
principio asentado, resuelven la cuestión de si deben o no deben matar a
Astolfo. La voluntad de Clotaldo es contraria al asesinato, pero la fuerza de
las razones de Rosaura es más poderosa que los argumentos que Clotaldo esgrime,
y este lo ve, y no hace trampas, y, con independencia de los reclamos de su
voluntad, contrarios a lo que dicta la razón, se pliega al argumento de
Rosaura: «vencido de tu argumento». La dialéctica se resuelve en términos de
derrota y victoria, aquí no hay acuerdos, cesiones, negociaciones de
significados, ni ninguna otra delicuescencia fraternal o irenista. Tu razón es
más fuerte, tú ganas, yo pierdo.
3
Idea de educación en La vida es sueño
La principal tarea desveladora que Calderón lleva
a cabo en La vida es sueño es de una
ambición absoluta, pues no es otro su propósito que dar a entender que nuestra
vida es sueño y que, por tanto, la vigilia (que hay que entender que es cuando
se desarrollará nuestra vida real o vida verdadera) se da en otra dimensión, en
la estancia metafísica, junto a Dios padre. Luego el primer y fundamental velo
que hay que quitar, que toda educación debe quitar, es, precisamente, este: el
de entender que esto de aquí no es
real. Este es el conocimiento al que Calderón nos quiere conducir (ducere), a entender que el sueño dice la
irrealidad y la mentira de nuestra vida, y que hay que actuar pensando en todo
momento en la vigilia, que dirá nuestra vida real y verdadera.
Clotaldo alecciona al príncipe
Segismundo:
…que aun en sueñosno se pierde el hacer bien (Calderón, 2000: 156).
Y el príncipe lo aprende:
[Digo] que estoy soña[n]do, y que quieroobrar bien, pues no se pierdeobrar bien, aun entre sueños.[…]Mas, sea verdad o sueño,obrar bien es lo que importa.Si fuere verdad, por serlo;si no, por ganar amigospara cuando despertemos(Calderón, 2000: 166-167).
Calderón se refiere en muy distintas ocasiones a
una idea de educación que consiste en
quitar velos, es decir, en la práctica del desengaño. Y, en este sentido, el
principal desengaño consiste en advertir que nuestra vida es el contenido de
una ensoñación:
Es verdad; pues reprimamosesta fiera condición,esta furia, esta ambiciónpor si alguna vez soñamos.Y sí haremos, pues estamosen mundo tan singular,que el vivir sólo es soñar;y la experiencia me enseñaque el hombre que vive sueñalo que es hasta despertar.[…]Para mí no hay fingimientos;que, desengañado ya,sé bien que la vida es sueño
(Calderón, 2000: 156 y 164).
Hay que conducir (ducere) al individuo en el sentido que indican estos tres últimos
versos: porque ya no hay engaños (velos), puedo decir que sé (contenido
verdadero): en esto consiste educar; este es el principal contenido
educacional, con independencia de que lo haya enunciado Agamenón o su porquero.
La educación, entendida de este modo, permite que se dé el caso de que incluso
un graciosillo cobarde y miserable (el porquero de Agamenón) pueda llegar a
formular una sentencia de vida capaz de admirar a un rey, rescatarlo de la
ignorancia y hacer que se cuestione la poca prudencia política que ha
practicado hasta el momento. Y este desvelamiento se lleva a cabo mediante la
figura de la dialéctica, es decir, mediante la fijación de un criterio que ha
de servir de base para ordenar la discusión.
Inmediatamente hay que señalar que Calderón propone esta idea de educación y de práctica de la dialéctica pero se para a las puertas de la teología. El desvelamiento, el contenido educacional, atañe a todas las cosas de este mundo, de esta nuestra vida –que, según la obra, es sueño–, pero la vigilia, la vida posmortem, la vida eterna de la metafísica cristiana, no se toca. Insistimos en este punto: la idea de educación de Calderón es inequívocamente emancipadora y democrática (el personaje más bajo de la obra, una vez desengañado de los errores, fingimientos, falsas apariencias, etc., es capaz de expresar una norma de comportamiento de mayor potencia y acierto, de más clarividencia, que la que pueda tener un rey) y, en consecuencia, diremos con la Crítica de la razón literaria que se trata de un contenido inequívocamente crítico o indicativo. Acto seguido hay que señalar que, en la medida en que la defensa de esta metodología crítica no solo se detiene a las puertas de la teología, sino que responde a una teleología catequista, Calderón sitúa La vida es sueño en el ámbito de la literatura programática o imperativa.
4
Esto lo habíamos leído en el Menón
La recurrencia y recursividad de temas e ideas, en
literatura, puede responder bien a la tradición, bien a un fenómeno de
poligénesis. Dicho de otro modo: si dos autores dicen lo mismo o se sirven de
las mismas formas, podemos entender que lo toman de la tradición o que llegan a
ello por diferentes caminos. Nosotros sostenemos que entre La vida es sueño y el Menón
de Platón hay unas semejanzas notables, pero no hemos sido capaces de
determinar si se trata de un caso de tradición o de poligénesis. Entiéndase,
pues, este artículo como una hipótesis de trabajo.
En el Menón,
Platón establece la siguiente situación: Sócrates se enfrenta dialécticamente a
Menón, uno de los discípulos de Gorgias, un sofista, para tratar de determinar
qué cosa es la virtud. A cada respuesta que da Menón, Sócrates le ofrece un
contrargumento que destruye por completo lo que Menón sostenía, y este, que no
es ningún cínico, ve la mayor fortaleza de Sócrates y acepta la réplica, pero
sigue intentando resolver la cuestión hasta que llega al punto de reconocer su
incapacidad para dar con una definición operatoria de virtud:
Me siento torpe en el alma y en la boca, y no acierto a contestarte. Y eso que habré pronunciado mil veces un montón de discursos acerca de la virtud y ante un gran auditorio, y exitosamente, según a mí me parecía. Pero ahora, ni siquiera sé decir en qué consiste (Platón, 2018: 104).
Sócrates, mediante el método dialéctico, ha
llevado a cabo la pars destruens, la
trituración de los sofismas de Menón. Y Menón, en lugar de dialogar con
Sócrates, en lugar de atrincherarse en sus formulismos, reconoce la mayor
potencia de las razones de Sócrates y renuncia a los argumentos que había
esgrimido. La advertencia que Menón le hace a Sócrates, en el sentido de que no
se le ocurra hacerle aquello a nadie más, es premonitoria, pues prefigura lo que efectivamente ocurrió:
Me parece además una decisión acertada la de no haberte embarcado para marcharte a vivir fuera de aquí, porque habitando como extranjero en otra ciudad y haciendo este tipo de cosas, ya te habrían encerrado por brujo (Platón, 2018: 104).
¿Qué ha sucedido aquí? Que Sócrates ha llevado a
Menón a un punto 0:
Tú muy posiblemente lo sabías [qué es la virtud] hasta que entraste en contacto conmigo, pero, lo que es ahora, das la sensación de ignorarlo (Platón, 2018: 104).
Menón se tenía por hábil en la discusión y
conocedor de la realidad material de la virtud, pero Sócrates le ha demostrado
que aquel conocimiento no era más que retórica. De no haberse sometido a esta pars destruens, Menón jamás habría
podido acceder a ningún conocimiento, pues habría seguido siempre tras el velo
de la retórica. Esto es lo que Sócrates le hace ver.
Y ahora, a partir de este nivel 0, habiéndose
desprendido de los velos de la retórica, Menón puede iniciar el camino del
conocimiento, que, para Platón, tiene que ver con la anamnesis, con la teoría de la reminiscencia, pero este es un
asunto que no vamos a tratar en este trabajo.
Acto seguido, Sócrates
le pide a Menón que haga comparecer a su esclavo. Se presenta el esclavo y
Sócrates le pregunta si sabe griego, requisito fundamental para que, en aquella
circunstancia, se dé con éxito la educación. A continuación, por medio de una
serie de preguntas, Sócrates desarrollará la pars destruens (lograr que el esclavo también advierta que no sabe
nada) y, a partir de entonces, va a conducirlo nada más y nada menos que al
conocimiento de unas determinadas cuestiones que exceden lo que a priori cabría esperar que un esclavo
pudiese llegar a comprender. Esta es la pars
construens.
Al rico Menón,
discípulo de Gorgias y hábil sofista, Sócrates lo sitúa en un nivel 0 de
conocimiento.
Al simple esclavo le
hace ver que también se encuentra en un nivel 0 de conocimiento, pero, gracias
al despliegue de una verdadera educación, Sócrates lo lleva a conocer los
límites de la aritmética y a advertir la necesidad de desbordarla para
adentrarnos en el mundo de las ideas, de las abstracciones, de la geometría
(para, posteriormente, resolver cuestiones aritméticas de mayor importancia).
Todo esto se logra
mediante un ejercicio que consiste en calcular cuántos pies se tendrían que
sumar a un cuadrado de dos pies de lado (2 x 2) para obtener el doble de
superficie. El esclavo, siguiendo el principio de proporción directa, sugiere
que habría que añadir dos pies más a los 2 pies del lado del cuadrado para
pasar, de este modo, de una superficie de 4 a una de 8. El problema es que, al
añadir dos pies al lado de 2 pies, si cerramos el cuadrado, obtenemos, no el
doble (8), que es lo que se pretendía, sino el cuádruple (16). Tampoco se
resuelve la cuestión añadiendo un solo pie al lado de 2 pies (3 x 3), pues, al
cerrar el cuadrado, el área que resulta es de 9. Al final, Sócrates conduce al
esclavo a que este advierta la necesidad de dar un salto a la abstracción, que,
en este caso, se presenta en forma de número irracional (√2): la solución del
problema se encuentra en el cálculo de la diagonal, que impone la necesidad de
contar con los números irracionales. Hemos pasado de la aritmética, a la
geometría. En palabras de Sánchez Tortosa, que ha analizado de forma muy
fecunda esta obra y ve en el Sócrates del Menón
al «personaje que sienta las bases de la enseñanza» (2018: 49), lo que se
desprende de este ejercicio es que Sócrates:
Lo eleva [al esclavo] al nivel de los seres libres simplemente por el hecho excepcional de tratarlo como al ser racional que es, es decir, despojado virtualmente de sus particularidades psicológicas en el ejercicio de la racionalidad crítica y combativa, en el acto de geometrizar (Sánchez Tortosa, 2018: 50).
Es la geometría la que permite el paso a operaciones aritméticas de mayor complejidad, y será el problema de los números irracionales el que permitirá el salto de la aritmología pitagórica a la teoría platónica de las formas (Sánchez Tortosa, 2018: 58).
El esclavo abandona sus cadenas en el acto mismo de trazar la diagonal del cuadrado con la que resuelve el problema. El esclavo deja de ser esclavo en ese proceso, y sólo en ese proceso, igual que el déspota disfrazado de orador ha dejado también de serlo (Sánchez Tortosa, 2018: 60).
A esto nos referimos con la reivindicación del
poder emancipador de la educación. Sánchez Tortosa analiza el Menón para extraer de esta obra capital
una idea de educación, ligada a la
emancipación y la libertad, que descansa sobre la figura de la dialéctica:
El procedimiento dialéctico destruye las jerarquías ajenas a la objetividad geométrica del conocimiento racional y de su aprendizaje (Sánchez Tortosa, 2018: 60).
Y esto, en la interpretación que Sánchez Tortosa
hace del Menón, pasa forzosamente por
la pars destruens:
Enseñar no puede ser, en tal caso, otra cosa que la ejercitación conjunta en el intento por pulverizar la masa más o menos compacta de componentes psicológicos (afectivos, emocionales) y sociales (grupales, tribales, familiares, ideológicos) de diversa procedencia que constituyen un obstáculo para el conocimiento: prejuicios, ideas confusas, tópicos, lugares comunes, dogmas, etc. (Sánchez Tortosa, 2018: 61).
Volvemos al Menón
para encontrar ese punto 0 en el que es preciso situarse para poder avanzar en
la adquisición de un conocimiento verdadero:
[Sócrates] ¿Te das cuenta de nuevo, Menón, de en qué punto se encuentra ya el muchacho en el camino de la reminiscencia? […] ¿Y no se encuentra ahora en mejor posición con respecto al problema que no sabía resolver? […] ¿Y piensas que habría intentado investigar y aprender aquello que, sin saberlo realmente, creía saber, si antes no se hubiera dado de bruces ante esa dificultad y, dándose cuenta de que no sabía, le hubiera venido el deseo de saber? (Platón, 2018: 111 y 112).
Y ahora, a partir de aquí, la pars construens:
[Sócrates] Con todo, pretendo observar e indagar contigo cuál es su naturaleza [de la virtud] […] Y ya que estamos de acuerdo en que hay que investigar sobre lo que no se sabe, ¿quieres que tratemos de indagar conjuntamente qué es la virtud? (Platón, 2018: 104 y 117).
Esta alusión al «averigüemos juntos» rescata el componente
psicológico que habíamos desterrado de este proceso porque no todo lo
psicológico está eliminado, ni mucho menos. De hecho, las condiciones para que
se dé de forma exitosa la conducción (ducere)
hacia el conocimiento, la educación, exigen una disposición de ánimo de signo
amistoso y de amabilidad en el trato:
Y si quien pregunta es uno de esos sabios que gustan de disputar y contender, le contestaría: «Dicho queda por mi parte, y si no estoy en lo cierto, tarea tuya es examinar mi conocimiento y refutarlo». En cambio, si quisiéramos discutir de forma amistosa, como tú y yo ahora, sería preciso dar una respuesta más amable y más argumentada[3] (Platón, 2018: 94).
No hay que darle ningún margen al energúmeno o al
enemigo; hagan ellos con nuestras respuestas lo que quieran, pero con ellos no
hay nada que discutir. La educación, en este sentido, exige una proximidad que
tiene que ver, de forma insoslayable, con lo afectivo. Intentar encontrar en La vida es sueño una correspondencia con
esta idea nos parece una labor mucho más temeraria que establecer las
correspondencias que hemos visto hasta ahora, pero, como entendemos que este
artículo es más una invitación al estudio de estas cuestiones que la defensa de
una tesis consolidada, nos permitimos indicar que la amistad y la amabilidad en
las formas (factores psicológicos que reivindica Sócrates) también permiten que
Basilio y Segismundo puedan entenderse:
[Segismundo] Señor, levanta,dame tu mano; que yaque el cielo te desengañade que has errado en el modode vencerle, humilde aguardami cuello a que tú te vengues;rendido estoy a tus plantas.[Basilio] Hijo, que tan noble acciónotra vez en mis entrañaste engendra, príncipe eres.A ti el laurel y la palmase te deben. Tú venciste;corónente tus hazañas(Calderón, 2000: 193).
El Segismundo primero («en el traje de fiera, yace un hombre») y el engreído Basilio («en el ámbito del orbe/ me aclaman el gran Basilio») nada podían decirse, pero la educación recibida por el catequista Calderón les ha conducido a la prudencia y la humildad, y podríamos decir que la prudencia y la humildad, a su vez, les han permitido emprender la consecución del verdadero conocimiento.
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Conclusión
Nosotros sostenemos que la idea de educación que Calderón disuelve en la
fábula de La vida es sueño (idea que
el lector debe inferir, pues no se explicita literalmente) determina lo
siguiente: que la verdadera educación requiere una pars destruens que consiste, fundamentalmente, en quitar velos
(entiéndanse estos velos como todo conocimiento falso; en nuestro caso, lo
asociaríamos a mitologemas, ideologismos, paralogismos, sofisterías…, Calderón,
en cambio, entiende que el velo es todo lo que queda fuera de la teología), que
la dialéctica es el método educativo más eficaz (como hemos visto en la escena
entre Rosaura y Clotaldo) y que cualquier individuo puede llegar a adquirir
conocimientos de gran nivel (como hemos visto en la escena entre Clarín y
Basilio), siempre que esté en manos de un verdadero docente.
Y añadimos que todo esto, que es un
contenido crítico o indicativo de primer nivel, desaparece en el momento en que
advertimos que el verdadero docente es Calderón de la Barca ejerciendo de catequista,
es decir, confinando su obra en el ámbito de lo programático o imperativo. Así
lo explica Jesús G. Maestro, en la Crítica
de la razón literaria, a propósito de la ausencia de contenido trágico en La vida es sueño:
El siglo XVII español, en su ortodoxia y efervescencia católicas, se distanció de la tragedia y la conciencia trágica de la existencia humana en favor del martirio y la idea de una muerte redentora por la fe. Se cumple de este modo el ideario de una Literatura programática o imperativa (Maestro, 2017: 654).
Esta es la cuestión que queremos destacar en este
trabajo y que es, de hecho, una réplica de lo que sucede con el racionalismo
idealista de un Tomás de Aquino: Calderón es un autor capaz de desarrollar un
contenido crítico o indicativo de primer nivel pero esta razón crítica se
disuelve ante el dogma. En palabras de Jesús G. Maestro, diremos que:
El Cristianismo es la religión más racionalista y moderna de cuantas existen –y el catolicismo mucho más que el protestantismo–, porque ha asimilado más y mejor que ninguna otra la filosofía racionalista de raíces platónicas y aristotélicas, manipulándola fraudulentamente al servicio de sus propios intereses eclesiásticos (terrenales) y fideístas («celestiales»). El racionalismo cristiano es un racionalismo evidentemente idealista, no materialista, del mismo modo que su lógica es una lógica psicologista, no científica, y su filosofía es una filosofía acrítica y retórica, es decir, esterilizada, que no crítica ni verdadera, esto es, fértil, salvo con fines e intenciones eclesiásticamente autodefensivas (Maestro, 2017: 403).
A pesar de lo anterior, nosotros sostenemos que la
teleología programática o imperativa no anula, ni mucho menos, los contenidos
de razón crítica contenidos en La vida es
sueño, basta con saberlos leer.
Sostenemos lo anterior y señalamos que todos estos
contenidos los encontramos, también, en el Menón
de Platón, que entendemos que puede establecerse una correspondencia entre el
esclavo de Menón y Clarín (los dos personajes más bajos de cada obra), pues los
dos llegan a lo más alto (el esclavo, al salto a la geometría; Clarín, a un
verdadero conocimiento de vida) y los dos superan a sus superiores (a Menón y a
Basilio), que previamente han descendido a un punto 0 de conocimiento (ambos lo
reconocen explícitamente), y que también hay correspondencia en el uso que en
ambas obras se hace de la dialéctica como método para, cuando menos, llegar a
entendernos (Sócrates-Menón y Rosaura-Clotaldo). Otra cosa que no hemos sabido
resolver es la cuestión de si todas estas correspondencias conforman un caso de
tradición (Platón aparece de forma evidente en otros pasajes de esta obra y en
otras del propio Calderón) o un caso de poligénesis (que ambos autores se hayan
conducido, por distintas vías, a la objetivación de unos contenidos muy
similares).
Bibliografía
- Calderón de la Barca, Pedro (2000), La vida es sueño, Madrid, Espasa Calpe. Edición de Evangelina Rodríguez Cuadros.
- Cervantes Saavedra, Miguel de (1998), Don Quijote de la Mancha, Barcelona, Crítica. Edición de Francisco Rico.
- Maestro, Jesús G. (2017), Crítica de la razón literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría, Crítica y Dialéctica de la Literatura (3 vols.), Vigo, Editorial Academia del Hispanismo.
- Platón (2018), Apología de Sócrates, Menón, Crátilo, Madrid, Alianza Editorial. Traducción introducción y notas de Óscar Martínez García.
- Rubinat Parellada, Ramón de (2021), «La fábula literaria. La idea de educación ejercida en la fábula de La vida es sueño», en vídeo.
- Sánchez Tortosa, José (2018), El culto pedagógico. Crítica del populismo educativo, Madrid, Ediciones Akal.
NOTAS
[1] Una primera formulación de
esta idea puede encontrarse en la tercera sesión del Curso de introducción a la crítica literaria del canal de YouTube
de Aula de Literatura (Rubinat, 2021).
[2] Las cuatro familias o linajes
de la Literatura, según la Genealogía de la Literatura establecida por Jesús G.
Maestro en la Crítica de la razón
literaria (Maestro, 2017: 23-598), dicen los cuatro tipos de racionalismo
que pueden darse en una obra literaria: el Primitivo o Dogmático, el Crítico o
Indicativo, el Programático o Imperativo y el Sofisticado o Reconstructivista.
La Literatura Crítica o Indicativa se caracteriza por ser racional y crítica,
mientras que la Literatura Programática o Imperativa lo hace por ser racional y
acrítica. En este sentido, la concepción de la educación como desvelamiento o
desengaño y la práctica de la dialéctica son referencias inequívocamente
críticas o indicativas, pero lo cierto, como veremos a continuación, es que el
dogmatismo teológico que instruye La vida
es sueño neutraliza completamente el componente crítico y la deja como una
obra racional y acrítica, es decir, la confina en el ámbito de lo programático
o imperativo.
[3] A propósito de este «más argumentada», el editor, Óscar Martínez, señala en una nota al pie que la traducción
literal debería ser «más dialécticamente» pero que no lo hace porque el término todavía no ha
alcanzado el sentido técnico que alcanzará posteriormente.