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06 junio 2016

La ciencia: en interés del desinterés

 



La ciencia: en interés del desinterés

 

María Teresa Glez. Cortés

 

Es una enfermedad haber dejado de ser empírico.
Michel Onfray (2015), Cosmos.

 

Considero que la tarea del conocimiento sólo funciona como verdad «justificada». Pero con la crisis de la filosofía demasiados intelectuales han renunciado a mirar a su alrededor. Y eclipsados, cuando no, heridos por el auge de la física, de la química, de la biología..., han hecho gala de una ignorancia militante con la que evitar entrar en los campos del conocimiento científico.

La particularidad de conferir rasgo inclusive de heroísmo a la falta de cultura científica viene fomentada por ese idealismo que suele anidar en el ámbito de las Humanidades y que persigue validar los autologismos en contra de cualquier control empírico y lógico. Un ejemplo de lo que decimos queda plasmado en Sade, Fourier, Lozoya, una obrita en la que Roland Barthes certifica a modo de confesión: «a mí me seduce el sujeto del discurso, no el sujeto de la realidad», mientras que en La cámara lúcida reconoce que «mis historias son una forma de cerrar los ojos». Claro, ante el afán de buscar una objetividad sin objetos, ¡qué hubiesen dicho de estas extravagancias Tales, Demócrito, Aristarco de Samos y otros fundadores de la filosofía!  

Si estas tendencias, en absoluto inocentes, avivan el hiato entre Humanidades y Ciencias, en otros bosques vemos prosperar otro idealismo. Hablo del cientificismo. Y ya sabemos que este tipo de idealismo, el cientificismo, define la ciencia desde pretensiones omnímodas y como conjunto de saberes indudables. Parecerá una perogrullada, mas el ser humano, que puede ser muchas cosas, ontológicamente nunca es omnisciente. Por supuesto, en caso de obviar esta evidencia adscribimos rasgos de infinitud a nuestra mortal condición. Y encabezamos el disparate de pretender vivir sin suelo ni techo, de creer que existimos sin límites ni términos. 

No cabe desgarrar el desarrollo del pensamiento de nuestra relación con la experiencia. Y como «lo que sabemos es una gota de agua; [y] lo que ignoramos es el océano», declaraba Isaac Newton, ¿por qué en la tarea de conocer, pregunto, prestamos buena parte de nuestra energía intelectual a establecer absolutos hasta  defender el relato antes que el dato y hundirnos en la custodia cuartelera de una teoría? Dependemos de las condiciones concretas espacio-temporales para (sobre) vivir. Y razonar. Con otras palabras. Anhelar una realidad atópica o descarnada de la propia realidad nos conduce al vacío que de sí refirió Louis Althusser: «mi universo de pensamiento está abolido. Ya no puedo pensar».

 

 

1

El dogmatismo del dogmatismo. Y del antidogmatismo

 

Zhuang Zi comenta: «Mira cuán felices van los pececillos que se mueven ágiles y libres entre las aguas del río».

Hui Zi, que era maestro de lógica, responde a su discípulo: «Si no eres un pez, ¿de dónde deduces que los peces son felices?»

 

No es cosa agradable cabalgar con alguien que susurra al oído «eres limitado». Quizá por eso, a veces, y en contra de cualquier acto de prudencia, queremos enterrar la debilidad de nuestras fronteras en lo irrefutable. Lo señalo porque en el momento en que los cientificistas envuelven los descubrimientos científicos en una atmósfera hegeliana de objetividad «pura», acaban manejando una imagen sobrehumana y, por ende, irreal del conocimiento. Y cuando determinados filósofos, sujetos a la alabanza de la ignorancia, infravaloran las virtudes de la episteme científica invocan cual Antiprometeo la nostalgia de lo primitivo.

Llegados hasta aquí, ¿podemos abandonar los peligros de esa inerrancia que azuza el cientificismo y acaso superar la ignorancia como destino final, que promueve el escepticismo radical?, porque elevar los niveles de certeza por encima de nuestra terrestre humanidad minimiza los sistemas de control de cualquier investigación. Y a la postre ubica las teorías en los lienzos de la inmunidad e impunidad. Y al revés.  Aplaudir la inexistencia de verdades objetivas aduciendo la falta total de coherencia o de «hilos», que eso es lo que expresa el «nihilismo», no hace menos arrogantes, menos dogmáticos a los seguidores de la posmodernidad.

Ante este panorama digo que tenemos desaciertos de juicio y de percepción en bastantes ocasiones, y además nos influyen modas e ideologías en la elaboración de paradigmas. Así que querer adentrarse en los mapamundis del absoluto es afán delirante, toda vez que la defensa de una ciencia / anticiencia infalible lleva implícito el sello de una ciencia / anticiencia totalitaria. Esta es la causa de mi oposición a esas escuelas que caen, sea por caminos cientificistas, sea por el influjo del nihilismo, en la tentación parmenídea de descansar, id est, en la pretensión de haber encontrado para siempre las esencias inalterables de la Verdad. O de la antiVerdad.

¿Cómo salir del círculo de estas paradojas? Dar la espalda a las tácticas de ensayo y error de los primeros homínidos es una equivocación. Y reclamar certezas absolutas nunca equivale a reflexionar. Además, no hay conocimiento que no esté envuelto en problemas o enigmas.  Entonces, «¿cuál es el criterio racional de progreso científico en la búsqueda de la verdad? [...] La respuesta es: la ciencia es una actividad crítica. Examinamos críticamente nuestras hipótesis. Las criticamos a fin de poder encontrar errores, en la esperanza de eliminar los errores y así llegar más cerca de la verdad»[1].

En consecuencia, el científico, el filósofo, el historiador o académico... no pueden desertar de su profesión porque madurar intelectualmente implica examinar con espíritu abierto las teorías. Y detectar fallos en raciocinios y pruebas experimentales. Ergo, y bebiendo de la paideia de la sospecha, «mejor estar vagamente en lo cierto que exactamente equivocados». Es decir, de las palabras de Carveth Read[2]  atribuidas a J. M. Keynes de manera errónea, deduzco que el dogmatismo anda lejos de ser la solución, máxime cuando lo que hace interesante al ser humano es su flexibilidad o resiliencia, es su capacidad adaptativa para detectar el error, para asimilar e incorporar nuevos datos. Incluso aquéllos que impugnan nuestros propios estudios.

 

2

La totalidad no es algo humano

 

Culto es aquel que sabe dónde encontrar lo que no sabe.
Georg Simmel (1908), Sociología.

 

Alejado de las certezas absolutas, Salvador Edward Luria desmitifica la vida del investigador. Y este microbiólogo italiano certificaría que «de los tres grandes descubrimientos que hice en mi vida, llegué al primero por una iluminación intelectual, al otro tras una genuina búsqueda metódica en el laboratorio, al tercero por puro azar. Luego, si los científicos fuéramos honestos con nosotros mismos tendríamos que admitir que en la base de nuestros descubrimientos existe un elemento lúdico, una imaginación liberada, una obcecación para sobreponerse a todos los fracasos»[3].

La descripción de Luria nos lleva a que «conocer no equivale a estar minuciosamente al tanto de todo», porque dicha tarea, ciclópea, es a todas luces imposible. Tampoco consiste en carecer de restricciones espacio-temporales. Al contrario, la conciencia de nuestros límites es el acicate del conocimiento. Somos, pues, entes limitados. Y si no lo fuésemos tendríamos el cerebro del tamaño de un año luz cúbico sólo para almacenar y procesar la información de esas casi 100.000 fijaciones visuales que realizan nuestros ojos cada día.

Por la carnalidad que nos cobija, jamás percibiremos la enormidad polifacética y multifactorial del Universo. Y aquello que no se puede confirmar ni invalidar sin comprobación empírica impide, junto con lo que desconocemos, que es mucho, validar certezas absolutas. Afortunadamente. 

Caminamos entre las lindes de lo probado y de lo queda por descubrir. Y en este espacio incalculable la totalidad queda excluida, también debido a nuestra naturaleza biológica que nos impulsa a necesitar de los demás, de las generaciones pasadas, para corregir, mejorar y/o sustituir los paradigmas del conocimiento. Y siendo un eslabón de una larga cadena de aportaciones, somos apenas nada al margen de las elaboraciones de quienes, por precedernos, tanto hemos aprendido y no pocas veces nos hemos alejado, igual que por esa misma filogenia cultural seremos, en el mejor de los escenarios, simples huellas para aquellos que decidan en un futuro superar o descartar, por superfluas o caducas, nuestras contribuciones.

No aprehendemos el todo; no estamos preparados orgánicamente para alcanzar la Verdad con mayúsculas. En cambio, poseemos el don de contemplar «contemplar» significa etimológicamente acotar, separar una parte de algo- aspectos precisos de una realidad que, lo observó hace mucho tiempo el filósofo Heráclito, es variable, fascinante y, añado, abierta a nuevos hallazgos.

En suma, al dejar a un lado la perspectiva cientificista y nihilista, favorecemos la práctica, alentadora, de que conociendo que nos queda mucho por averiguar, en un futuro sabremos más, amén de que cada época tiene sus (pre) ocupaciones epistemológicas y «los hombres, buscando, con el tiempo descubren lo mejor[4] .

 

 

3

Innovación, flujos de conocimiento, redes sociales...

 

La razón es aquella facultad humana que permite construir criterios cuyo fin es interpretar la realidad de forma compartida

Jesús G. Maestro (2017), Crítica de la razón literaria.

 

 

Fue Peter F. Drucker el primero en pronosticar, en 1959, la emergencia de una nueva capa social constituida por trabajadores de conocimiento. Diez años después, este sociólogo volvería a rescatar la misma idea tras registrar el empuje de una ciudadanía que va en pos de las ventajas del conocimiento. Cosas similares se dijeron con el descubrimiento de la imprenta hace más de medio milenio.

Nos guste o no, vivimos en una «sociedad del conocimiento». Y en la enseñanza y propagación de conocimientos el lenguaje constituye la única puerta de acceso. Y es que el ser humano trata de resolver cuestiones a través de respuestas lingüísticas. De ahí la relación inseparable entre literatura y cultura. De ahí que que no haya ciencia, tampoco filosofía, sin vocabulario ni sintaxis. Y gracias a la ambición de querer ir más allá del punto de vista personal tratamos de trasladar, vía lenguaje, el mundo (no humano) de la phýsis al mundo (humano) de la reflexión y buscar conceptos que resulten semánticamente operativos. Al fin y al cabo, con la ayuda del lenguaje, «con la ayuda de las teorías físicas tratamos de encontrar nuestro camino por el laberinto de los hechos observados; ordenar y entender el mundo de nuestras sensaciones»[5].

Con esto no quiero decir que el conocimiento sea un espejo de la realidad; que con la escritura, alfabética y matemática, podamos clonar el mundo real. Únicamente apunto a que el uso del lenguaje constituye un recurso, valioso, que permite relacionarnos con los demás en la labor de conocer, comunicar, debatir... Y corregir, claro está, fallos heurísticos e instrumentales, efectos colaterales no previstos. Y fraudes. Por otro lado, igual que socializándonos asimilamos el lenguaje, por procedimientos lingüísticos nos instruimos en los campos intercomprensivos de la ciencia. Con lo cual, «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo»[6], sentencia con la que se define a la filosofía y a la ciencia desde el empleo de códigos lingüísticos.

Por consiguiente, las leyes científicas no son válidas porque de ellas se predique al modo estoico, o sea, a priori, su universalidad. Las leyes científicas son válidas porque, antes de alcanzar rango de universalidad, han tenido que franquear una serie de filtros: ser justificadas en la experiencia, validadas por el armazón del razonamiento teórico. Y aprobadas por la comunidad científica.

 

 

4

La regla de la simplicidad

 

Debe lucharse con todo el razonamiento contra quien, suprimiendo la ciencia, el pensamiento y el intelecto, pretende afirmar algo sea como fuere.

Platón (427-347 a. C.), Sofista. 

 

El acto de socializar la ciencia exige transitar las rutas del lenguaje. Y puesto que la legibilidad está unida a la sencillez, la claridad constituye un elemento de valor. No les extrañe que «como aquel Guillermo de Ockham me alce frente al fetichismo teórico de alto contenido especulativo y critique los modos literariamente nocturnos, retóricamente alambicados del intelectual filósofo»[7]. Y, por supuesto, del intelectual «científico», dado que el estilo literario, imprescindible en la elaboración de cualquier relato epistemológico, forma parte esencial de la actividad científica.

Curiosamente, y en contra de lo esperado, tendemos a dificultar lo sencillo, a enredar lo complicado. Y, en definitiva, a entorpecer la comprensión de los mensajes. Con estas estrategias, el arte de leer y de escribir ya no existen, pues se opta por matar los bienes que derivan de la comprensión.  

¿Cómo no ser afectados por esa «infoxicación» que genera la narración embrollada?  ¿Cómo lograr una sociedad del conocimiento basada en los flujos de información cuando la palabra se utiliza para fines contrarios a los suyos, es decir, para dar cabida a lo abstruso? Necesitamos a intelectuales de la talla de Isaac Asimov, Dian Fossey, Margaret Cheney, Stephen J. Gould, Lewis Mumford, etc., capaces de desenmarañar las redes de oscuridad que provoca esa literatura científica ininteligible.

Reclamo entonces a los filósofos que se acerquen a la ciencia y abandonen los cubículos de su verbo presuntuoso. Y pido a los científicos ―no hay ciencia que no descanse sobre tesis filosóficas― que se lancen por la senda de la información a un mundo compartido en el que sea (más) fácil entender. Y comunicar.

 

 

5

Ideología y ciencia

 

Habría que escuchar a menudo de los intelectuales algunas frases como éstas: «Me he equivocado. Tenía usted razón. Tendré que volverlo a considerar». Ya verás qué poco frecuentes son estas expresiones en las conversaciones de los inteligentes.

Jean Guiton (1993), Cartas a un joven de este tiempo.

 

 

Desde el siglo XIX el concepto de ideología ha sufrido revisiones. Asociada a la interpretación de la Realidad, de la ideología se predica su inoperancia epistemológica. Y, como la «opinión» en tiempos de Platón, la «ideología» representa hoy en día la caprichosa inobjetividad del ser humano. Sin embargo, no hay historiador y científico que carezcan de ideología, o literato o filósofo que sean neutrales en todo lo que hacen.

Somos seres humanos, y la ideología, igual que los juicios previos, son elemento esencial de nuestra humanidad, presente e imborrable en la elección y resolución de los problemas. Añádase a esto que «es imposible que exista un intelectual apartado de los conflictos e intereses de su tiempo, igual que resulta impensable pedir a un científico que solo se ciña, cual eremita en un laboratorio, a los quehaceres científicos. [... Y es que] yo no reclamo al intelectual «átopos», contrafigura del intelectual «comprometido». En mi planteamiento no está el coaccionar a ningún intelectual a que habite fuera de las coordenadas espacio-temporales y sin contacto ni relación con ninguno de los sucesos de su época»[8].

Dicho esto, ¿hay forma de conjugar estas afirmaciones con la búsqueda de una verdad no partidista? El quid de la cuestión no radica, desde mi punto de vista, en si existe relación (que doy por hecha) entre ideología y ciencia. El problema, gravísimo, radica en tomar la ideología al servicio de una verdad autoritaria, o sea, fanáticamente y como criterio único de verdad, se llame «posmodernidad», «cientificismo», el partinosty del «lysenkoísmo» o  la Rassenkunde del «rosenberguismo».

Pondré algunos ejemplos para explicar mi enfoque. No sorprende que las investigaciones de Ignaz Philipp Semmelweis, divulgadas en Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal (1861), tuvieran que esperar el placet de la microbiología y la llegada de Pasteur, Koch, y Lister. El asunto preocupante, y mucho, radica en cómo el hallazgo de Semmelweis fue torpedeado y frontalmente por los mismos médicos bajo el argumento de que las ideas de este doctor húngaro mermaban la autoridad de los galenos austríacos. Semmelweis que había descubierto una de las claves fundamentales de la alta mortalidad materna acabó expulsado del Hospital General de Viena, y, como el otrora Galileo, denunciado por sus propios colegas que, y con tal de mantener en pie su paradigma de los miasmas, rechazaban las pruebas empíricas sobre la correlación entre «antisepsis» y «limpieza».

De otro lado, no llama la atención que el físico John Langdon Down escribiera sus Observaciones sobre una Clasificación Étnica de los Idiotas (1866) y utilizara –siempre hay racistas que necesitan ideas peregrinas- el fenotipo «malayo», «caucásico», «etíope» y «mongol» para tipificar a los individuos con capacidades intelectuales inferiores, en promedio, a la normalidad.  Lo que extraña, y enormemente, fue el modo casi unánime en que los miembros de la comunidad científica internacional aceptaran, por motivos espurios y xenófobos, la inferioridad del pueblo mongol y supusieran que este fenotipo humano personificaba los síntomas de la subnormalidad.

¿Y acerca de los robos cometidos en el ámbito científico? La mala praxis también existe en el ámbito científico. Y pillos los hay en todas las profesiones. Asusta, eso sí, la facilidad para apropiarse de los resultados de las investigaciones ajenas con tal de alcanzar poder, dinero y notoriedad.  George Westinghouse se benefició, y de qué manera, de los estudios sobre corriente alterna de Nikola Tesla; las imágenes del ADN que logró exitosamente Rosalind Franklin fueron sin su permiso y de forma ilegal utilizadas por Francis Crick y James Watson, los cuales, y gracias al trabajo de R. Franklin, serían galardonados con el premio Nobel. Y en estos momentos, no lo olvidemos, cualquier becado o científica que descubre algo en un laboratorio sólo recibirá, en el mejor de los casos, el 17% de la patente de su invento.

¿Y qué sucede cuando se aspira a hurtar a la humanidad de los avances científicos? El 24 de junio de 2000 se presentaba el primer boceto del genoma humano. Francis Collins representaba al proyecto público internacional PGH, mientras que Craig Venter a la empresa privada PE Celera Genomics. Casi un año después «la empresa Celera se desmarcaba y publicaba, sola, la secuenciación del genoma en la revista Science. La sociedad científica que aglutinaba al sector público hacía lo mismo, y editaba sus resultados en la revista Nature. ¿Qué había ocurrido? Las compañías privadas que trabajaron en el proyecto Genoma Humano no quisieron difundir en un principio el contenido de sus investigaciones. Luego, debido a la presión pública (política y ciudadana), dieron marcha atrás abandonando su empeño por privatizar la ciencia»[9].

Las aguas parecen haber tornado a su cauce aunque ciertos grupos libran una batalla dirigida a monopolizar los fragmentos de ADN (o genes). En cualquier caso, lejos de los fundamentalismos epistemológicos y crematísticos, la verdad es que cuando desaparecen el debate e intercambio de ideas, y la cultura es absorbida por el poder sólo queda espacio para el seguidismo y el adoctrinamiento.

Heidegger se equivocó al concluir que «la ciencia no piensa». La ciencia piensa, pues además dispone de protocolos que permiten secuenciar, repetir y observar las fases del proceso. Y de los resultados. La sospecha, elemento fundamental de las sociedades democráticas, es una herramienta imprescindible para evaluar si el trabajo científico se ajusta a las predicciones. Y a la metodología empleada.

Por tanto, de nuevo pregunto, ¿por qué en la tarea de conocer dedicamos buena parte de nuestra energía intelectual a la custodia cuartelera de una teoría? Desde luego, con los monopolios ideológicos y su otra cara, el gremialismo de los intelectuales, no hay oportunidad para una ciencia libre y desinteresada.

Sin duda, el gran reto de este milenio gira en mantener la generosidad, la discusión y la pluralidad en el ámbito de la episteme. Y dado que queremos que ésta sea una actividad abierta, revisable y crítica debemos recordar que «lo que constituye la vida del pensamiento es la interacción de personas con diferentes conocimientos y diferentes puntos de vista. El crecimiento de la razón es un proceso social basado en la existencia de tales diferencias», lo señalaba Hayek en pleno cénit de los despotismos ideológicos[10].

 

 



NOTAS

[1] Popper, Karl (1984), En busca de un mundo mejor, Barcelona, Ediciones Paidós, 1994, pp. 18 (cap. I) y 62 (cap. II).

[2] Vidmaayer, Peter (2015), It is better to be vaguely right than exactly wrong, en Kosowski, Adrian, & Walukiewicz, Igor (eds.), Fundamentals of computation theory, Gdansk, Springer, p. XI.

[3] Sols, Alberto, Autobiografías de investigadores, en Saber leer, Madrid, Revista crítica de libros de la Fundación Juan March, 1987, nº 3, p. 33.

[4] Jenófanes (c. VI-V a. C.), fr. 18, en VV. AA. (1981), Los filósofos presocráticos, Madrid, Gredos, vol. I., p. 299.

[5] Einstein, Albert, & Infeld, Leopold (1938), La evolución de la física, Barcelona, Biblioteca Científica Salvat, 1986, p. 221.

[6] Wittgenstein, Ludwig (1914-1916), Tractatus Logico-Philosophicus, 5.6., en línea.

[7] Glez. Cortés, María Teresa (2016), El ascenso de los intelectuales, crónica de una estupidez, en Boletín de la Cátedra Hispánica de Estudios Literarios, vol. G.

[8] Ibídem.

[9] Glez. Cortés, María Teresa (2007), Los viajes de Jano, historias del cuerpo, Barcelona, Icaria, p. 202.

[10] Hayek, Friedrich August von (1940-1943), The Road of Serfdom, London, Routledge Press, 1944, p. 122.






Jesús G. Maestro


06 febrero 2012

Annick Stevens: ¿Por qué renuncio a la Universidad tras diez años de docencia?




 

¿Por qué renuncio a la Universidad tras diez años de docencia?


© Annick Stevens
Doctora en Filosofía
Profesora de la Universidad de Lieja desde 2001

© Traducción española de Jesús G. Maestro


Hoy más que nunca es necesario reflexionar sobre el papel que deben desempeñar las universidades dentro de unas sociedades que se encuentran sujetas a cambios profundos y radicales, y que deben elegir con urgencia el modelo de civilización desde el que quieren comprometerse con la humanidad. Hasta el momento presente, la Universidad es la única institución capaz de preservar y transmitir la totalidad de saberes humanos elaborados a lo largo del tiempo y del espacio, de crear conocimientos nuevos y fundamentarlos en los previamente adquiridos, así como de poner a disposición de nuestras sociedades esta síntesis de experiencias, métodos y competencias en todos los ámbitos, con el fin de auxiliarnos en las alternativas que queremos elegir en la vida. Es cierto que en todas las épocas la Universidad ha faltado en cierto modo a algunas de sus exigencias fundacionales, como puede verse en las críticas que, constantemente, y con razón, se le han dirigido; pero no se trata ahora de invocar la nostalgia de antiguas formas. Sin embargo, nunca como hoy la Universidad ha sido tan complaciente con las tendencias dominantes, nunca como ahora ha renunciado hasta tal extremo al uso crítico de su potencial intelectual, ante la interpretación de valores y movimientos que estas corrientes imponen al conjunto de la población en general, y de forma tan particular a la comunidad universitaria.

Subyugada desde el primer momento por el poder político, como se ha visto de forma clarísima a lo largo del Proceso de Bolonia, ahora parece que son los propios gestores universitarios quienes, voluntariamente —con muy pocas excepciones—, exigen cumplir con esta huida hacia adelante, ciega e irreflexiva, hacia formas de conocimiento pobremente utilitaristas, determinadas por el economismo y el tecnologismo[1].

Aunque este hecho se fundamenta muy firmemente sobre la adhesión ideológica de quienes ejercen el poder institucional, no se habría impuesto al conjunto del personal universitario si no se hubiera instaurado simultáneamente una serie de limitaciones destinadas a paralizar toda oposición, mediante la amenaza de hacer desaparecer a todas aquellas entidades que no se sometan a la enloquecida carrera de la competencia global. Hay que atraer al «cliente» para que tenga éxito, independientemente de sus capacidades («¡he aquí la Universidad del Éxito»!), darle un título que garantice un puesto cómodo y bien pagado, formar en el menor tiempo posible a investigadores que sean hiper-productivos, siempre según los criterios de calidad editoriales, así como excelentes gestores y directivos de empresas, dispuestos en todo momento a ocupar un puesto en las infinitas comisiones y consejos en los que se toman simulacros de decisiones —simulacros, sí, porque tanto los presupuestos como los criterios de selección y distribución del dinero se deciden en otra parte. Ni una sola cuestión se plantea jamás sobre calidad, distanciamiento crítico, o reflexión sobre nuestra civilización. La nueva noción de «excelencia» no designa en absoluto ni la mejor calidad de enseñanza ni de conocimiento, sino la mejor habilidad para acumular desmedidos presupuestos, ingentes equipos de investigación en personal de laboratorio, o largas tiradas de títulos en revistas científicas, que son cada vez más sensacionalistas en la medida en que resultan menos fiables. El delirio de evaluaciones que se despliegan a todos los niveles, desde las comisiones internas hasta el ranking de Shanghái, no hacen sino demostrar el absurdo de todos estos criterios.

El resultado de todo ello es precisamente lo contrario de cuanto se pretende promover. En sólo diez años de docencia he visto cómo la mayoría de mis mejores alumnos abandonaban la Universidad, antes, durante o en el momento de haber concluido su tesis doctoral, al darse cuenta del proceder que se les obligaba asumir a cambio de continuar con sus estudios. He visto también cómo otros renunciaban a sus competencias y verdaderos intereses intelectuales para adaptarse a determinadas áreas, así como para asumir formas de comportamiento que les permitían disponer de mejores oportunidades. Y, por supuesto, vi trepar a los trepadores, de pensamiento mediocre y astucia productiva, que saben de inmediato en dónde deben ponerse y a quién deben pegarse, que no tienen ningún inconveniente en escribir siempre de acuerdo con las normas editoriales, de modo que así todo es más rápido en tanto que menos exigente. Salvo las escasas excepciones de quienes tienen la posibilidad de llegar en el mejor momento con la mejor calificación al puesto oportuno, los demás son precisamente los más hábiles mediocres. La reciente reforma del FNRS acaba de suprimir las últimas posibilidades disponibles para aquellos estudiantes que sólo se valen de sus capacidades intelectuales, haciendo prevalecer la evaluación del laboratorio sobre la de la persona. Semejantes extravíos presentan variantes y realizaciones diversas según disciplinas y países, pero en todas partes nuestros colegas confirman las tendencias generales: la competencia que se basa exclusivamente en la cantidad; la selección de temas de investigación impuesta por organismos financieros, todos ellos al servicio de un modelo de sociedad según el cual el progreso humano se basa únicamente en el crecimiento económico y en el desarrollo tecnológico; hipertrofia de la actividad administrativa y de gestión a expensas de un tiempo que debería dedicarse a la docencia y a la investigación. Por poner un ejemplo, teniendo en cuenta los actuales criterios, Darwin, Einstein o Kant no tendrían hoy ninguna posibilidad de que los seleccionaran. Piénsese en las consecuencias que todo esto tendrá en el futuro de la enseñanza y la investigación. ¿Es que se cree posible mantener contento al “cliente” proponiéndole una formación de tan estrecha envergadura? Incluso desde el punto de vista de sus propios criterios de excelencia, la política de las autoridades científicas y académicas es sencilla y totalmente suicida.

Tal vez algunos digan que exagero, que es posible compaginar cantidad y calidad, y llevar a cabo un buen trabajo sin dejar de plegarse a los imperativos de la competitividad. La experiencia desmiente este optimismo. No diré que todo es nefasto en la Universidad actual, pero lo que hay de bueno en ella procede de la resistencia a las nuevas medidas impuestas, y no a su aplicación. Y esta resistencia se irá debilitando con el tiempo. Se confirma, de hecho, que todas las disciplinas académicas se empobrecen progresivamente, ya que las personas seleccionadas como más “eficaces” son también las menos sólidas, las más limitadamente especializadas, es decir, las más ignorantes, incapaces de comprender la complejidad de sus propios resultados.

Incluso aquellas materias con un fuerte potencial crítico, como la Filosofía o las Ciencias Sociales, se pliegan a las exigencias mediáticas y se mantienen siempre con suficiencia en un conformismo que les permiten librarse de la exclusión en la batalla de la productividad —por no hablar de la incapacidad para asumir la incoherencia entre sus propias teorías críticas y su aplicación práctica, cuyos representantes se ven obligados a adoptar, a título individual, con el fin de alcanzar un puesto desde el que hacerse oír.

Sé que muchos colegas comparten este juicio global y tratan heroicamente de salvar los muebles, en un ambiente de resignación e impotencia. Incluso se me podría reprochar que abandono la Universidad en un momento en el que habría que luchar desde el interior con el fin de invertir el proceso. Precisamente por haber llevado a cabo varios intentos en este sentido, y pese a la estima que profeso a quienes se esfuerzan todavía por contrarrestar tales estragos, creo que la lucha es inútil en las actuales condiciones, dado el poder de unión entre los intereses individuales de algunos de nosotros y la ideología general a la cual se adhiere la Universidad.

En lugar de lanzarse a nadar contra corriente, es momento de salir para dar lugar a otra cosa, para constituir otro tipo de institución, capaz de retomar el papel fundamental de transmitir la complejidad de las características de las civilizaciones humanas y de promover la reflexión indispensable que, sobre saberes y conductas, hace prosperar a la humanidad. Todo está por hacer, pero en el mundo hay cada vez más personas que disponen de inteligencia, cultura y voluntad para llevarlo a cabo. De cualquier modo, no es momento de perder energías luchando contra la decadencia anunciada de una institución que se hunde sin saber entender lo que es la excelencia.

 

© Annick Stevens
Doctora en Filosofía
Profesora de la Universidad de Lieja desde 2001.

© Traducción española de Jesús G. Maestro.

 

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Pourquoi je démissionne de l’Université
après dix ans d’enseignement 

© Annick Stevens

 

Plus que jamais il est nécessaire de réfléchir au rôle que doivent jouer les universités dans des sociétés en profond bouleversement, sommées de choisir dans l’urgence le type de civilisation dans lequel elles veulent engager l’humanité. L’université est, jusqu’à présent, la seule institution capable de préserver et de transmettre l’ensemble des savoirs humains de tous les temps et de tous les lieux, de produire de nouveaux savoirs en les inscrivant dans les acquis du passé, et de mettre à la disposition des sociétés cette synthèse d’expériences, de méthodes, de connaissances dans tous les domaines, pour les éclairer dans les choix de ce qu’elles veulent faire de la vie humaine. Qu’à chaque époque l’université ait manqué dans une certaine mesure à son projet fondateur, nous le lisons dans les critiques qui lui ont constamment été adressées à juste titre, et il ne s’agit pas de s’accrocher par nostalgie à l’une de ses formes anciennes. Mais jamais elle n’a été aussi complaisante envers la tendance dominante, jamais elle n’a renoncé à ce point à utiliser son potentiel intellectuel pour penser les valeurs et les orientations que cette tendance impose à l’ensemble des populations, y compris aux universités elles mêmes.

D’abord contraintes par les autorités politiques, comme on l’a vu de manière exemplaire avec le processus de Bologne, il semble que ce soit volontairement maintenant que les directions universitaires (à quelques rares exceptions près) imposent la même fuite en avant, aveugle et irréfléchie, vers des savoirs étroitement utilitaristes dominés par l’économisme et le technologisme.

Si ce phénomène repose très clairement sur l’adhésion idéologique de ceux qui exercent le pouvoir institutionnel, il ne se serait pas imposé à l’ensemble des acteurs universitaires si l’on n’avait pas instauré en même temps une série de contraintes destinées à paralyser toute opposition, par la menace de disparition des entités qui ne suivraient pas la course folle de la concurrence mondiale: il faut attirer le «client», le faire réussir quelles que soient ses capacités («l’université de la réussite»!), lui donner un diplôme qui lui assure une bonne place bien rémunérée, former en le moins de temps possible des chercheurs qui seront hyper productifs selon les standards éditoriaux et entrepreneuriaux, excellents gestionnaires et toujours prêts à siéger dans les multiples commissions et conseils où se prennent les simulacres de décisions — simulacres, puisque tant les budgets que les critères d’attribution et de sélection sont décidés ailleurs. De qualité, de distance critique, de réflexion sur la civilisation, il n’est plus jamais question. La nouvelle notion d’«excellence» ne désigne en rien la meilleure qualité de l’enseignement et de la connaissance, mais la meilleure capacité à engranger de gros budgets, de grosses équipes de fonctionnaires de laboratoire, de gros titres dans des revues de plus en plus sensationnalistes et de moins en moins fiables. La frénésie d’évaluations qui se déploie à tous les niveaux, depuis les commissions internes jusqu’au classement de Shanghaï, ne fait que renforcer l’absurdité de ces critères.

Il en résulte tout le contraire de ce qu’on prétend promouvoir : en une dizaine d’années d’enseignement, j’ai vu la majorité des meilleurs étudiants abandonner l’université avant, pendant ou juste après la thèse, lorsqu’ils ont pris conscience de l’attitude qu’il leur faudrait adopter pour continuer cette carrière ; j’ai vu les autres renoncer à leur profondeur et à leur véritable intérêt intellectuel pour s’adapter aux domaines et aux manières d’agir qui leur offriraient des perspectives. Et bien sûr j’ai vu arriver les arrivistes, à la pensée médiocre et à l’habileté productive, qui savent d’emblée où et avec qui il faut se placer, qui n’ont aucun mal à formater leur écriture pour répondre aux exigences éditoriales, qui peuvent faire vite puisqu’ils ne font rien d’exigeant. Hormis quelques exceptions, quelques personnes qui ont eu la chance d’arriver au bon moment avec la bonne qualification, ce sont ceux-là, les habiles médiocres, qui sont en train de s’installer — et la récente réforme du FNRS vient de supprimer les dernières chances des étudiants qui n’ont que leurs qualités intellectuelles à offrir, par la prépondérance que prend l’évaluation du service d’accueil sur celle de l’individu. Ces dérives présentent des variantes et des degrés divers selon les disciplines et les pays, mais partout des collègues confirment les tendances générales: concurrence fondée sur la seule quantité; choix des thèmes de recherche déterminé par les organismes financeurs, eux-mêmes au service d’un modèle de société selon lequel le progrès humain se trouve exclusivement dans la croissance économique et dans le développement technique; inflation des tâches administratives et managériales aux dépens du temps consacré à l’enseignement et à l’amélioration des connaissances. Pour l’illustrer par un exemple, un Darwin, un Einstein, un Kant n’auraient aucune chance d’être sélectionnés par l’application des critères actuels. Quelles conséquences pense-t-on que donnera une telle sélection sur la recherche et les enseignements futurs? Pense-t-on pouvoir encore longtemps contenter le «client» en lui proposant des enseignants d’envergure aussi étroite ? Même par rapport à sa propre définition de l’excellence, la politique des autorités scientifiques et académiques est tout simplement suicidaire.

Certains diront peut-être que j’exagère, qu’il est toujours possible de concilier quantité et qualité, de produire du bon travail tout en se soumettant aux impératifs de la concurrence. L’expérience dément cet optimisme. Je ne dis pas que tout est mauvais dans l’université actuelle, mais que ce qui s’y fait de bon vient plutôt de la résistance aux nouvelles mesures imposées que de leur application, résistance qui ne pourra que s’affaiblir avec le temps. On constate, en effet, que toutes les disciplines sont en train de s’appauvrir parce que les individus les plus «efficaces» qu’elles sélectionnent sont aussi les moins profonds, les plus étroitement spécialisés c’est-à-dire les plus ignorants, les plus incapables de comprendre les enjeux de leurs propres résultats.

Même les disciplines à fort potentiel critique, comme la philosophie ou les sciences sociales, s’accommodent des exigences médiatiques et conservent toujours suffisamment de conformisme pour ne pas être exclues de la bataille productiviste, — sans compter leur incapacité à affronter l’incohérence entre leurs théories critiques et les pratiques que doivent individuellement adopter leurs représentants pour obtenir le poste d’où ils pourront se faire entendre.

Je sais que beaucoup de collègues partagent ce jugement global et tentent héroïquement de sauver quelques meubles, sur un fond de résignation et d’impuissance. On pourrait par conséquent me reprocher de quitter l’université au moment où il faudrait lutter de l’intérieur pour inverser la tendance. Pour avoir fait quelques essais dans ce sens, et malgré mon estime pour ceux qui s’efforcent encore de limiter les dégâts, je pense que la lutte est vaine dans l’état actuel des choses, tant est puissante la convergence entre les intérêts individuels de certains et l’idéologie générale à laquelle adhère l’institution universitaire.

Plutôt que de s’épuiser à nager contre le courant, il est temps d’en sortir pour créer autre chose, pour fonder une tout autre institution capable de reprendre le rôle crucial de transmettre la multiplicité des aspects des civilisations humaines et de stimuler la réflexion indispensable sur les savoirs et les actes qui font grandir l’humanité. Tout est à construire, mais il y a de par le monde de plus en plus de gens qui ont l’intelligence, la culture et la volonté pour le faire. En tous cas, il n’est plus temps de perdre ses forces à lutter contre la décadence annoncée d’une institution qui se saborde en setrompant d’excellence.

Annick Stevens,
Docteur en Philosophie,
Chargée de cours à l’Universitéde Liège depuis 2001.

 


NOTA

[1] La palabra «tecnologismo» no está en el actual Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Sin embargo, la introduzco aquí con el mismo paralelismo, en relación a su campo semántico —la tecnología—, con el que el este diccionario define el término «economismo»: «Doctrina que concede primacía a los factores económicos». Tecnologismo designaría, según el original francés al que soy fiel, aquella creencia que concede primacía a los valores tecnológicos (nota del traductor).